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Nuestro peor subdesarrollo

EDUARDO BOWLES

Bolivia está haciendo el ridículo ante el mundo y no precisamente por los escándalos de corrupción, la violación a los derechos humanos y las histerias reeleccionistas, sino por la desnudez en la que ha quedado nuestro subdesarrollo mental.

Ayer nos escandalizábamos porque todo el gabinete estaba pendiente de los asuntos amorosos del presidente y hoy la cosa es peor, pues el aparato institucional no se dedica más que a hablar, comentar y argumentar sobre la importancia que había tenido la libreta del servicio militar, un asunto que representa el mayor acto de cinismo social y que prueba además, que el país no ha cambiado ni un ápice, no solo en relación a los “años neoliberales”, sino a los tiempos anteriores a la revolución del 52, pues eso de ir al cuartel sigue siendo cosa de indígenas y campesinos. Los “chicos bien”, como el vicepresidente, no “pierden el tiempo”. Alguien, empezando por el segundo mandatario, tendría que acabar con este triste espectáculo que debería avergonzarnos a todos.

El otro tema grotesco es el de los títulos universitarios. El hecho de inventarse un título (y hasta dos) y hacerse pasar por doctor o licenciado nos hace ver como un país del siglo XIX, en el que los señoritos se valían de sus cartones para impresionar a las masas ignorantes. Y si ocurre en estos días es porque Bolivia lamentablemente no tiene mucho de qué enorgullecerse y prueba de ello es la cantidad de sandeces que pronuncian los “ilustres” abogados del régimen para justificar las mil y una llave de yudo que pretenden hacerle a la constitución hasta dejarla como nido de ratas.

Que le arrebaten el título de abogado a un ciudadano, apelando a una norma típica de la era medieval y que además ya no está vigente, no hace más que agravar las cosas, sobre todo si tomamos en cuenta que hoy los títulos universitarios son lo de menos en el mundo globalizado, en el que las competencias de las personas valen mucho más que un cartón. La sociedad del conocimiento, el acceso a la información, la autonomía del aprendizaje y la conectividad han dejado obsoletos no solo a los títulos reales e inventados, sino que también ponen en aprietos a las universidades que no logran adaptarse al ritmo de la innovación, que inventa carreras todos los días y que obliga a los que tienen ganas de aprender y de remontar las olas de la modernidad, a buscárselas como autodidactas en el mar de información, cultura y sabiduría que está disponible en las redes.

En el mundo de hoy, transparente, público, participativo y donde el conocimiento se construye en base al diálogo, no se puede mentir ni engañar con tanta facilidad; no es posible inventarse títulos (porque además de antiético, no es necesario); no se puede esconder las cosas por más cortapisas que se le ponga a la libertad de expresión (ni siquiera China o Corea tienen éxito) y tampoco será posible mantener a las masas en la oscuridad por mucho tiempo más, pues hay satélites que sí funcionan y son capaces de llevar la luz a los sitios más nublados por la acción de los autócratas.

Tomado de eldia.com.bo

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