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El Brexit, la Unión Europea y los fundamentos de la libertad

HANA FISCHER 

El Brexit ha acaparado en los últimos tiempos mucho espacio en los medios de comunicación y en las redes sociales. Cada uno lo analiza según las ideas que sustenta y desde la perspectiva que más le interesa destacar. En consecuencia los periodistas, analistas políticos, economistas o gente común ponen el acento en tal o cual aspecto del asunto.

Es una cuestión compleja, en la cual han intervenido simultáneamente varios factores de diversa índole. Y, al igual que ocurre en todo sufragio, el voto de cada ciudadano estuvo basado en aquello que más le atraía o temía de las ofertas electorales.

Los críticos del Brexit han puesto mucho énfasis en la xenofobia, el nacionalismo, el aislacionismo y las consecuencias económicas negativas que dicha medida supuestamente acarrearía. En cambio sus defensores resaltaban que la Unión Europea (UE) en los hechos estaba aniquilando la soberanía individual, la democracia bien entendida y produciendo despilfarro del dinero de los contribuyentes en beneficio de las élites político-burocráticas comunitarias. En otras palabras, que esa organización, tal como está funcionando, estaba introduciendo a sus miembros en el “camino de servidumbre”.

Dado que los argumentos de los detractores del Brexit han sido ampliamente difundidos –creando alarma mundial generalizada- vamos a centrarnos en las razones que esgrimen los del segundo grupo mencionado.

Kevin Dowd hizo campaña a favor de la salida de su país de la UE. En sus artículos fundamenta su posición exponiendo que:

La Unión Europea en términos de democracia, no puede ser considerada un modelo exitoso.
Su Constitución no es más que una “joya de imitación” de las Cartas Magnas inglesas. Los resultados obtenidos por estas últimas a lo largo de varios siglos -en cuanto a calidad de vida y libertades para el hombre común – son la mejor prueba de que están fundadas en ideas y hábitos beneficiosos para la comunidad en su conjunto. No ocurre lo mismo con la constitución europea.
Bajo cualquier parámetro que se la juzgue, la UE está gobernada por una corrupta y opaca cleptocracia radicada en Bruselas, que no rinde cuentas a nadie. Exprime de los contribuyentes británicos miles de millones de libras esterlinas al año, y la mayoría de esos fondos se desperdicia en proyectos improductivos e irracionales, concebidos para que algún político vuelva a ganar elecciones.

Dado que las élites políticas, económicas, de los bancos centrales, los CEOs de las empresas multinacionales, de bancas de inversión como Goldman Sachs y algunos Premios Nobeles estaban anunciando que ocurrirá una “catástrofe” si gana el Brexit, la elección de los votantes demuestra un creciente repudio hacia las élites gobernantes y el “mundo virtual” donde ellas viven. La causa es que están cada vez más alejadas de los intereses y las angustias del hombre común.

La UE se inmiscuye en los asuntos internos de Gran Bretaña y demanda cada vez más control sobre los mismos. Es claro que los que dirigen la Comunidad Europea desde Bruselas aspiran a imponer una única política fiscal y de asuntos exteriores.

La política monetaria llevada adelante por el Banco Central Europeo es un revoltijo y el euro está a punto de colapsar.

La política económica de la UE ha provocado bajo crecimiento económico y altos índices de desempleo a lo largo de toda Europa. No se vislumbra que esa situación vaya a cambiar en el corto o mediano plazo.

La UE impone una serie de regulaciones mal orientadas e impide el libre comercio internacional. Entre las que han provocado efectos más negativos a nivel mundial se encuentra su Política Agrícola Común que ha condenado a la pobreza a millones de personas de los países productores de alimentos, y los ha encarecido para los consumidores europeos. Esa es una de las causas principales del problema inmigratorio que sufre Europa.

De las razones mencionadas surge que en gran medida los defensores del Brexit sintieron –racional o intuitivamente- que sus libertades estaban en riesgo a raíz de las políticas llevadas adelante por la UE.

Hay muchos caminos para explotar a los pueblos y convertirlos en siervos de los sátrapas. Algunos son bien directos como las dictaduras. Otros más camuflados adoptan apariencia democrática, pero el desenlace es el mismo: la degradación a la servidumbre de amplias capas sociales.

La política y el derecho juegan un rol fundamental en la calidad de vida que es factible tener, tal como lo demuestra las diferencias abismales que existen entre los países. Las claves para originar el contexto en que es posible llevar una vida digna son: la limitación del poder mediante su fraccionamiento, que el ciudadano tenga control sobre cómo se administran los dineros públicos y que el votante conozca “cara a cara” a los que aspiran a ocupar cargos públicos.

Es decir, todo lo contrario de lo que la UE representa: La libertad individual está mejor protegida dentro de territorios pequeños que en los grandes, donde los residentes de un lugar son los que designan a sus autoridades y el dinero de esos contribuyentes se gasta dentro de sus límites, al estilo de los cantones suizos.

Por otra parte, la experiencia histórica ha demostrado que sin autonomía económica individual, las demás libertades son puro cuento. Aquel que controla nuestros medios de vida controla simultáneamente todos los demás aspectos de nuestras existencias. Ergo, estamos bajo su dominio y sin defensas efectivas.

Hay tres formas en que las autoridades se apropian –frecuentemente para provecho propio- del fruto del trabajo ajeno: las expropiaciones sin compensación previa, el monopolio de la emisión monetaria por parte de los Bancos Centrales con el consiguiente “curso forzoso” y los impuestos que no funcionan bajo la modalidad “cantones suizos”.

Las élites gobernantes de la UE se comportan como lo describe Dowd. Se han transformado en verdaderos “ogros filantrópicos”, coartando libertades y succionando una porción cada vez mayor del trabajo de sus conciudadanos. Es una evolución que espanta, si consideramos lo que señala el historiador Alan J. Taylor

“Hasta agosto de 1914 un inglés podía pasar toda su vida sin notar la existencia del estado más allá del correo y de algún policía. Podía vivir donde quisiera y como quisiera. No tenía ningún número oficial ni cédula de identidad. Podía viajar y dejar su país sin permiso oficial y sin pasaportes. Podía intercambiar su moneda por cualquier otra divisa sin restricción o límite alguno. Podía comprar bienes de cualquier otro país en los mismos términos que lo hacía en el suyo […] Los ingleses pagaban en concepto de impuestos el 8% de la renta nacional”.

Algo parecido ocurría en el resto del mundo occidental. Actualmente, a raíz de la carga impositiva, un ciudadano debe trabajar varios meses gratis para el Estado. Cuando la gente trata de defenderse de ese latrocinio, sacando su dinero a otras partes para ocultarlo de la codicia de sus gobernantes, estos estipulan “acuerdos fiscales”, eliminación del secreto bancario y la eliminación del dinero físico, para que el mundo entero se convierta en una enorme prisión donde no haya dónde refugiarse de la rapacidad de esas élites.

Los habitantes de los países más débiles debemos soportar sin medios de defensa las imposiciones imperialistas de la UE. En consecuencia, nos alegra que los británicos le hayan dado un buen “tirón de orejas” y un fuerte llamado de atención. Ojalá que, nuevamente, la cultura anglosajona salve a la humanidad de la tiranía internacional hacia la cual se está encaminando.

Tomado de es.panampost.com 

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