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La corrupción no es lo peor

EDUARDO BOWLES

A pesar de que la diferencia entre el daño económico causado por el escándalo del Fondo Indígena y el caso Enatex es de diez a uno (600 millones contra 70 millones de dólares), no cabe duda que el perjuicio más grande ha sido ocasionado por el quiebre de la empresa textilera, por todo el proceso destructivo involucrado. Veamos por qué.

Parece cínico decirlo, pero millones más o millones menos, la corrupción ya no sorprende a nadie en este país y seguramente hay mucho por descubrir, como viene sucediendo en Argentina, donde la danza de dólares saqueados por la dinastía Kirchner se ha vuelto un espectáculo con elevados puntos de audiencia.

El robo de dinero público es y seguirá siendo un flagelo a combatir, pero la prioridad es acabar con los modelos políticos que cercenan la libertad, que promueven el estatismo y que limitan las posibilidades a los ciudadanos de desarrollar sus potencialidades, poniendo por encima el interés de un estado que no es otra cosa que un grupo de encaramados que se benefician con ese discurso falaz, que además promueve la corrupción.

El caso Enatex es paradigmático en cuanto al poder demoledor de ese socialismo que empezó por destruir un mercado con el pretexto de defender la soberanía nacional, un valor profanado diariamente por los mismos falsos nacionalistas que han rifado el país, lo han endeudado y entregado a otro imperio que nos brinda un trato displicente y viola todas las normas del Estado.

El segundo paso fue arrebatarle de las manos la empresa a un emprendedor reconocido dentro y fuera del país, con contactos con grandes compañías y la capacidad de poner a Bolivia en lo más alto de la industria manufacturera, con posibilidades de desarrollar todo un emporio productivo de gran impacto social en una ciudad como El Alto, que necesita este tipo de respuestas. No contento con robar una empresa, el Estado amedrenta al dueño, lo hace huir, lo acusa y lo calumnia. Ese hombre de negocios prefiere irse y seguramente fundará alguna otra compañía, tal vez más grande y mejor posicionada en otro país, no necesariamente lejano, porque ahí está Perú, convertido hoy en uno de los destinos más promisorios para las inversiones extranjeras.

Para qué vamos a mencionar la torpeza con la que manejaron la empresas los burócratas que jamás aprenderán a hacer empresa, que no saben de mercados y que confunden política con economía, la ponen por delante y terminan ocasionando desastres de proporciones épicas.

Las empresas y los capitales no suelen asustarse con climas adversos. Ni siquiera las guerras asustan a las petroleras y otras compañías, que en África o Medio Oriente suelen trabajar en medio de conflagraciones internas, amenazas de secuestro y pagando grandes sumas para proteger sus instalaciones, equipos y ejecutivos. En realidad, lo que ahuyenta a los inversionistas es la falta de libertad, esta discrecionalidad de los gobernantes para hacer y deshacer de la propiedad de los individuos. El hecho de que se vayan a Nueva York o Londres a pintar cuadros maravillosos y demandar que vengan a Bolivia es simplemente un descaro.

Tomado de eldia.com.bo

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