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La mediocridad moral de los intelectuales

 H.C.F. MANSILLA 

Una de las tragedias latinoamericanas debe ser vista en la calidad ética de sus intelectuales. Estos últimos, con muy pocas excepciones, no pueden ser considerados como los portadores de una concepción verdaderamente racional y humanista acerca de la evolución de nuestras sociedades y de su porvenir. Ellos creen que deben defender su mezquina ambición y sus privilegios encubiertos a costa de la independencia, los designios y los derechos de los otros. Son gente que dice aborrecer las injusticias del pasado “feudal” y del capitalismo, pero sus aversiones sólo han servido para sucumbir fácilmente a los dogmas absolutistas del socialismo hasta 1989 y a experimentos populistas de dudosa calidad a partir de entonces.

Si algo los distingue, es su cinismo, su ansia de poder, dinero y gloria, su oportunismo. Precisamente los intelectuales radicales, que impugnan cada día el poder del “imperialismo”, de las “clases dominantes” o de la religión equivocada, saben sacar un buen provecho de esta posición. Son los sofistas del siglo XXI. En el siglo pasado los intelectuales progresistas descubrieron su antifascismo furibundo después de la derrota del fascismo, para entusiasmarse inmediatamente por cualquier dictadura manejada por Stalin, Mao o Castro.

En resumen: los intelectuales progresistas no irradian ninguna autoridad científica ni moral. La situación no es mejor en el Tercer Mundo: la mayoría de sus pensadores, especialmente de aquellos dedicados profesionalmente a combatir a los “explotadores del pueblo”, exhiben la misma intolerancia, la misma inclinación a las identificaciones fáciles, la misma manía por los dogmas y los esquemas, la misma carencia de ideas genuinamente originales y la misma incapacidad para crear un pensamiento adecuado con respecto a los dilemas contemporáneos. Los intelectuales se distinguen por la fabricación de mitos modernos y por su afición a las generalizaciones, por lo cual no podemos esperar de estos señores ningún impulso educativo razonable.

En los círculos intelectuales del presente las tendencias postmodernistas sólo han servido para fomentar actitudes de claro cinismo y oportunismo, pero revestidas de una cientificidad muy en boga, aunque su base sea precaria, cuando no deleznable. Estas modas han impulsado una inflación informativa de lo accidental y lo superfluo, el predominio de lo parasitario y secundario, la idolatría del mercado en la esfera de la cultura y la política, la negación del significado y la forma y el culto de lo aleatorio y hasta de lo vulgar en todos los terrenos de la vida cotidiana. A esto conduce el (falso) igualitarismo que predican estas corrientes mediante textos oscuros, innecesariamente enrevesados y llenos de tecnicismos excesivos: lo marginal es equiparable a lo central (o, mejor dicho, es imposible discriminar entre ambos fenómenos); la opinión de una persona vale lo mismo que la de cualquier otra; las creaciones de la literatura y la filosofía son meros juegos lingüísticos, pura retórica o simulaciones ingeniosas.

Estas doctrinas relativistas se revelan como una gigantesca banalidad disfrazada de erudición: desde cátedras bien pagadas sus propagandistas se consagran a la cómoda tarea de enlodar toda creación genuina, declarándola contingente, y a condenar aparatosamente el logocentrismo, usando exclusivamente instrumentos y conceptos logocéntricos. Se trata, en el fondo, de un asunto conocido desde la Antigüedad clásica: al calificar toda obra seria de casual y relativa, los enfoques postmodernistas se esfuerzan desesperada pero inútilmente por encubrir su mediocridad y su carácter fortuito.

Tendencias postmodernistas en el ámbito universitario y académico han sido altamente favorables a la constelación populista del presente. El elogio del cinismo, la celebración del “todo vale”, la postulada separación entre política y moral, la equiparación del talento con la astucia y otras lindezas asociadas con las modas intelectuales del día han preparado el actual clima de laxitud ética, irresponsabilidad colectiva y resentimientos anti-elitarios que caracteriza nuestra cultura socio-política.

De algo nos puede servir un espíritu probatorio y crítico, por lo menos para designar algunos rasgos de una sociedad razonable. La pérdida de la dimensión crítica no es un mero asunto académico: sin ella la actividad humana pierde su instancia correccional y su guía de orientación, disolviéndose la esperanza de un mejoramiento substancial para los mortales. La reflexión y todo el quehacer científico tienen que servir a la meta de hacer más llevadera y razonable nuestra convivencia y dar más sentido a nuestra vida.

*Filósofo, escritor y cientista social.

Tomado de eldia.com.bo