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Bolivia ante viejos peligros

EDUARDO BOWLES 

Las imágenes de mineros golpeando con enormes piedras la cabeza de un policía parecen sacadas de un video que difunden los terroristas del grupo ISIS y muestran con lujo de detalles el peligro al que sigue expuesto el Estado boliviano, cuyo reto fundamental sigue siendo su consolidación, pues está claro que este país continúa gobernado por la fuerza, la presión, la montonera, el chantaje y el bloqueo.

No solo estamos lejos de conseguir que las leyes y la institucionalidad reemplacen a todas esas manifestaciones que constituyen “el gobierno de la calle”, sino que a juicio de los observadores de este fenómeno, la situación puede haber empeorado en estos diez años, ya que la fortaleza, la continuidad y el ímpetu del denominado “proceso de cambio” estuvieron basados precisamente en el atropello de las normas y la imposición del capricho y la voluntad de los arrimados al poder, que han gozado de los máximos privilegios y el mayor favoritismo rentista y que ahora hacen gala de lo que son capaces de hacer para no perder esas ventajas.

Bolivia es un país fragmentado, sin cohesión, sin una visión que nos que nos conduzca a la unidad de propósitos. Los ciudadanos son rehenes de sindicatos, movimientos, corporaciones, sectores y otras formas que constantemente están buscando cómo capitalizar poder para usarlo en su propio beneficio, aunque eso signifique la vulneración de derechos, la destrucción del medio ambiente o la postergación de las aspiraciones de desarrollo y prosperidad.

Se esperaba que un Gobierno que ha obtenido un apoyo histórico en las urnas y que se había propuesto conseguir la soberanía económica, debía empezar por sentar las bases de una convivencia pacífica que permita a cada boliviano granjearse su propio futuro sin perjudicar a los demás; pero lamentablemente y pese a tantas leyes aprobadas, tanto código y reforma, la única ley que sigue funcionando es la imposición. Ayer eran los gobernantes, soberbios y displicentes, los que hacían de las suyas con el Estado de derecho y ahora que ya no hay lo suficiente para comprar lealtades, este mecanismo se vuelve en contra de ellos como un búmeran implacable.

Observando la fiereza de los cooperativistas mineros, no solo podemos comprobar que Bolivia sigue ante el peligro de repetir el ciclo económico que nos pone a expensas de una crisis, luego de haber atravesado el mayor (y el mejor) periodo de bonanza, sino también ante el riego de desestabilización política, que no vendrá por el lado del “imperio” o de otras fuerzas externas que las autoridades inventan todos los días, sino por efecto los propios grupos que ven hoy mermada la rentabilidad de la lealtad que entregaron durante una década.

El Gobierno no tiene más remedio que ceder frente a la demostración de fuerza que hacen los mineros, como lo hicieron en su momento los cocaleros y otros sectores que no descansaron en su arremetida hasta conquistar el poder constitucional, desafortunadamente, sin conseguir el cambio fundamental que necesitaba nuestro país.

Tomado de eldia.com.bo

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