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Caballos de Troya

EDUARDO BOWLES

Cuando el presidente de la empresa petrolera rusa Gazprom, Alexéi Miller, le regaló el pasado jueves un camión al presidente Morales, muchos recordaron a otro mandatario boliviano que alguna vez recibió de obsequio un caballo blanco, que según las leyendas, ablandó el corazón del jefe de estado, que en retribución, cedió una impresionante cantidad de territorio a Brasil.

La presencia de Miller en Bolivia obedece a la suscripción de acuerdos de cooperación energética, algo que no significa mucho, pues últimamente no se ha conocido ni siquiera la letra grande de los contratos que maneja el Estado, menos la letra chica. Si de algo sirve el dato, el ejecutivo ruso estuvo presente en el inicio de las operaciones del campo Incahuasi, el único campo desarrollado en el país en los últimos diez años. Ese yacimiento es uno de los grandes, Gazprom es uno de los contratistas y ningún CEO de ese calibre se vendría tan lejos por poca cosa.

No se trata de exceso de susceptibilidad, sino de la constatación de lo que sucede con los chinos, por ejemplo, quienes prácticamente se están apropiando del país, de los grandes contratos, los proyectos más importantes y lo que es más llamativo todavía, de los recursos naturales estratégicos, que supuestamente estaban bajo siete llaves desde que el “proceso de cambio” los recuperó y sentó soberanía sobre ellos.

Nadie se explica cómo es posible que el Gobierno se estrelle contra sus “niños mimados”, los cooperativistas, a quienes les quitó varios de sus privilegios y les arrebató concesiones mineras que, según algunos opositores, ya tienen dueños y son los mismos que se han adjudicado las grandes obras de Bolivia, aquellas que estuvieron esperando por décadas, que constituían los más caros anhelos de los bolivianos y que hoy corren el riesgo de esfumarse para siempre, pese a que como nunca antes, era el momento de hacerlos realidad.

Estamos hablando de Misicuni, de la industria petroquímica, del tren Cochabamba-Santa Cruz, de la planta se separación de gases, del Mutún y ahora del proyecto Rositas, uno de los complejos energéticos más ambiciosos de Bolivia, pero que lamentablemente no está cayendo en las mejores manos, ya que las compañías chinas están dejando una estela muy larga de ineficiencia, malos manejos, abusos, obras de mala calidad, incumplimiento de contratos y para colmo, trabajos inconclusos, lo que constituye un derroche inadmisible.

Esta experiencia no es exclusiva de Bolivia. En la última década, tanto Rusia como China han expandido sus dominios en los países del ala populista en América Latina y en lugar de superar los problemas originados en la dependencia, el remedio ha sido peor que la enfermedad. Se lo vio con mayor nitidez en Venezuela y en Ecuador, donde Rusia no ha hecho más que generar una carrera armamentista inútil y donde los préstamos chinos han significado la enajenación de un valioso patrimonio natural que resulta irrecuperable. En nuestro país estamos embargando todo por un préstamos de siete mil millones de bolivianos que servirá apenas para mantener latente el objetivo del reeleccionismo.

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