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¿Habrá paz en Colombia?

EDUARDO BOWLES

Parece lejano para Bolivia hablar de la paz en Colombia, pero a lo largo del presente análisis, el lector se dará cuenta de que existe una íntima relación, especialmente por los vínculos que tiene el tema con el narcotráfico.

Miles de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han prometido abandonar las armas y dejar 52 años de una lucha supuestamente inspirada por postulados marxistas destinados a conquistar el poder. Sin embargo, ese objetivo que posiblemente nació desde las utopías socialistas se envileció hasta convertir a las guerrillas en una maquinaria de secuestro, extorsión y narcotráfico que arrojó como resultado más de medio millón de muertos y un sinnúmero de consecuencias en lo social, económico y mucho más todavía, en todo lo relacionado a la trágica historia colombiana vinculada con las drogas.

Muchos colombianos están azorados por la forma tan complaciente con la que el gobierno de Juan Manuel Santos está tratando a jefes guerrilleros que han asesinado, que han cometido atentados, que han secuestrado y perpetrado delitos de lesa humanidad. No hay duda que una paz sujetada con pinzas, es decir, que no llega hasta el esclarecimiento y la sanción de hechos barbáricos, tiene muy pocas posibilidades de prosperar, pero más allá de eso, existe un elemento sustancial que resulta peligroso y pasa por el narcotráfico.

Los cabecillas de las FARC han prometido abandonar sus fechorías y es bueno creerles en aras de la cesación de la violencia, pero hay algo que no ha quedado claro y es qué actitud van a asumir en relación a los productores de coca, a los fabricantes y comercializadores de cocaína a los que brindan protección, tal como se ha demostrado con numerosas evidencias, entre ellas documentales audiovisuales que muestran cómo en algunas zonas de la selva, los pobladores usan la droga como moneda de cambio y los guerrilleros actúan como supervisores de las transacciones, a cambio de jugosos pagos para evitar la intervención de las autoridades jurisdiccionales.

Los miembros de las FARC aspiran a convertirse en ciudadanos libres de sospecha, en líderes políticos que en el futuro próximo podrían intervenir en elecciones democráticas, con grandes posibilidades de ganar municipios y comunidades rurales y desde allí ir avanzando hacia instancias más grandes. Nada garantiza que los narcotraficantes se conviertan en financiadores de campañas, en postulantes a cargos electivos, como sucede actualmente en México, donde las mafias controlan gran parte de las alcaldías del país y desde allí han penetrado la justicia, la policía, el ejército, las empresas y, obviamente, las grandes cúpulas del poder republicano.

Las FARC están en la misma posibilidad que tuvieron en su momento los cultivadores de coca del Chapare, una región que mantiene, expande y profundiza su cualidad de zona de exclusión de intensa actividad del narco, sin la necesidad de guerrillas ni secuestros, sino todo lo contrario, con postulados políticos absolutamente legítimos, que les ayudaron a posicionarse en un sitial preferencial en Bolivia.

Tomado de eldia.com.bo

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