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Otro no para el populismo

EDUARDO BOWLES 

Antes de hablar de los resultados del plebiscito celebrado en Colombia el pasado domingo, hay que aclarar que ni los colombianos que votaron por el “No” o cualquiera que critique el pacto firmado por las FARC, está en contra de la paz, sino todo lo contrario, ya que la impunidad, la farsa y el cálculo político –principales características del acuerdo-, no son garantía del cese de la violencia.

El “pan se quemó en la boca del horno” porque en realidad no se trataba de un acuerdo de paz, sino de un plan muy bien pensado por la izquierda, el populismo el castro-chavismo para extender sus tentáculos en Colombia, uno de los pocos países del continente que se libró de esa epidemia que afortunadamente se encuentra en retirada. El objetivo fundamental del presidente Juan Manuel Santos era apuntalar su imagen del “gran pacificador” para llevar adelante una nueva intentona reeleccionista como la que protagonizó precisamente su antecesor, Álvaro Uribe, a quien la justicia le negó en 2010 la posibilidad de buscar un tercer mandato

Por último, el baldazo de agua fría que se llevó el gobierno el domingo, que usó todos los recursos posibles (legales e ilegales) para hacer campaña por el “Sí”, no hace más que reflejar que la izquierda ha perdido la conexión con la realidad y especialmente con la gente. Santos y sus amigos guerrilleros devenidos en pacíficos y futuros demócratas “a sola firma” estaban absolutamente seguros de su triunfo, al igual que muchas fuerzas internacionales, medios de comunicación y líderes mundiales que se subieron al carro del simplismo (“firme ahí y habrá paz”), con el mismo entusiasmo que apoyaron los procesos políticos de corte populista de la región que han derivado en un retroceso de los pequeños avances democráticos conquistados en las décadas pasadas.

Colombia es un país que ha salido adelante pese a las FARC, pese a otros grupos guerrilleros que han causado zozobra, pese al narcotráfico a los paramilitares, el secuestro y la violencia. La fortaleza y la sabiduría de su gente les permitieron repeler los avances del Socialismo del Siglo XXI y contrarrestar la arremetida de Venezuela y Ecuador, donde Chávez y Correa hicieron de laderos de la narcoguerrilla para desestabilizar la democracia colombiana.

Es obvio que los colombianos quieren paz. Tal vez no haya un pueblo en el mundo que la desee más, pues lleva más de 50 años de guerra. Pero ellos mejor que nadie saben cuándo existe un genuino proyecto pacificador o cuando están frente a una farsa, como la que pretendían imponer los líderes guerrilleros que se niegan a admitir sus culpas, que no reconocen sus delitos y que esperan que la sociedad los premie por sus fechorías. En todo caso, el pronunciamiento popular del domingo, en lugar de ser un obstáculo, podría ser el inicio de un proceso de paz que necesita muchas más garantías que una firma y muchas más señales de autenticidad.

Tomado de eldia.com.bo

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