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La contra-economía

LUIS CHRISTIAN RIVAS

Cuando la economía está siendo vigilada, supervisada, regulada y controlada por el Estado, los burócratas establecen discrecionalmente quienes pueden producir, comerciar, distribuir, importar y exportar libremente y quienes no, establecen quienes se someten a la letra muerta del código tributario, comercial, aduanero y laboral y quienes no, así los gobernantes otorgan ciertos privilegios para los amigos y aplastan con todo el peso de la ley a los otros. De esta manera, se forman bandas burocráticas mafiosas en complicidad política-empresarial para eliminar todo tipo de competencia y establecer buenos negocios a partir de la cosa pública.

La formalidad en este escenario estatista cuesta mucho dinero y pérdida de tiempo, porque no sólo se trata de un simple registro de empresa, sino de cumplimiento de excesivos requisitos diarios: planillas de empleados, planillas de sueldos, retención para el seguro social, formularios de impuestos, formularios de aranceles, diferentes formularios de importación y exportación, manifiestos, declaraciones juradas, certificados, permisos, autorizaciones, valorados, libros de ventas, actualizaciones en los registros, pago de patentes, permisos ambientales, facturación, pago por los servicios de asesoramiento de profesional auditor, pago por los servicios de asesoramiento de profesional abogado, todo estos y otros trámites que corresponden en costos al Estado los tiene que asumir el pequeño, mediano y gran empresario.

Pero, no solo existe excesiva burocracia al momento de abrir y mantener la empresa, sino también al momento de cerrarla, y cualquier error insignificante se sobrecarga con multas y sanciones que se actualizan en forma diaria, lo que significa que la formalidad es una gran industria estatal de la legalidad; como ser legal cuesta, ser ilegal puede costar más todavía, porque aparte de establecer costos de operación, el emprendedor informal tiene que anticipar el pago de fuertes coimas para evitar procesos administrativos o judiciales.

Pero millones de personas no son amigos de las autoridades y sólo buscan los medios para sobrevivir, para eso ofertan y comercian en forma informal, tratan de ganar el pan de cada día como puedan, para eso encuentran diversas maneras de escapar del control estatal, esas personas trabajan en la contra-economía diría Samuel Edward Konkin III: “La contra-economía es la suma de toda acción humana no agresiva, que esté prohibida por el Estado… La contra-economía incluye el mercado libre, el mercado ‘negro’, la ‘economía subterránea’, todos los actos de desobediencia civil y social… y cualquier otra cosa que el Estado, en cualquier tiempo y lugar, decide prohibir, controlar, regular, gravar o tarifar…”. La contra-economía excluye la economía formal y el mercado rojo, es decir, el mercado donde existe violencia y robo.

Desde las calles, mercados populares hasta la red de internet, millones de personas trabajan y comercian muy a pesar del Estado, mientras el mercado controlado se ahoga en su propia regulación. Dice Konkin que la única y eficaz arma que tiene el Estado en contra de esto, es el sentimiento de culpabilidad que tiene la mayoría de personas que participan en la contra-economía, como si estuviesen haciendo algo malo y como si los bandoleros burócratas fueran moralmente superiores, entonces la masa de jóvenes emprendedores debe buscar establecer el libre mercado, resistiendo y desobedeciendo la economía controlada por el Estado, comprendiendo que la acción más justa posible, es trabajar y dejar trabajar sin poner barreras innecesarias.

Tomado de ilcebolivia.org