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El derrumbe del otro modelo

AXEL KAISER

Hace apenas tres años, un grupo selecto de intelectuales de izquierda, entusiasmados con la ya entonces clara victoria por venir de Michelle Bachelet en las presidenciales, proclamaba en un famoso libro, presentado por la mismísima Bachelet, que el modelo de desarrollo de Chile, falazmente llamado "neoliberal", estaba agotado. Celebraban que se había asentado una "nueva hegemonía", es decir, un nuevo conjunto de ideas y creencias que exigían un profundo cambio al sistema económico e institucional imperante por décadas para abandonar lo que denunciaban como una inmoral mercantilización de ámbitos sensibles de la vida de las personas.

Lo que debía hacerse, dijeron, era un verdadero "régimen de lo público" en que el Estado, es decir, políticos y burócratas, con su moralidad y conocimientos superiores a los del mercado, o sea a la de los individuos actuando libremente, asumiría el rol central en el progreso ético y social del país. Se trataba, en términos simples, de reinstaurar en Chile un añejo modelo socialista en que el Estado recuperaba espacios centrales para la vida de las personas, de modo de igualarlas en todo aquello considerado un "derecho social". Interesantemente, el libro reconocía que bajo el sistema "neoliberal" el país había progresado como nunca en su historia, pero al mismo tiempo lo condenaba por dejar demasiada libertad -mercado- a los individuos, lo que, en esta visión, era incompatible con el interés general y los deberes de solidaridad recíprocos de una comunidad política. Se trataba, repetía uno de sus autores majaderamente mostrando ese desprecio tan característico de los ideólogos socialistas por la realidad, de visiones "normativas" y no de lo que en la práctica funciona.

Pues bien, a dos años y fracción de aplicación de esa "visión normativa" igualitarista, el "otro modelo" fundado en ella no solo ha fracasado colosalmente en sus resultados prácticos, sino en su credibilidad popular. Lo primero, todos los que no nos dejamos llevar por el ideologismo populista del momento lo advertimos desde un principio. El socialismo es la filosofía del fracaso y siempre lo será, y, por tanto, era evidente que el gobierno de Bachelet fracasaría. Incluso, antes de la elección de Bachelet algunos advertimos en medios nacionales y extranjeros que su programa, si podía llamársele así, iba a poner a Chile en un camino ruinoso y de alto costo en términos de prestigio internacional. También anticipamos que en algún momento la gente se daría cuenta de que la izquierda no tiene superioridad moral alguna sobre el resto y de que su sistema era el responsable del deterioro de la calidad de vida por venir.

Lo que no pudimos imaginarnos es que la hipocresía de muchos próceres de la igualdad, que se llenaban los bolsillos mientras alegaban contra el mercado y eran financiados ni más ni menos que por empresarios, entre los que se encontraba el yerno de Pinochet, llegaría a niveles tan delirantes. Tampoco pensamos que la ineptitud, corrupción e incapacidad de ejecutar sus malas ideas llegaría al punto circense al que llegó, ni que su ideologismo mostrara ser tan agresivo e impermeable al diálogo racional. La combinación de prepotencia ideológica, hipocresía, incapacidad, corrupción y malos resultados llevó, por ahora, a que la mayor parte de la ciudadanía no quiera ser más gobernada por la izquierda.

No hay que equivocarse: esto no es esencialmente mérito de la derecha, la que hizo mucho menos de lo esperado para capitalizar el desastre del actual gobierno. Este es fundamentalmente un castigo para quienes se erigieron en profetas indiscutibles de un nuevo Chile, que intentaron imponer de espaldas a la ciudadanía. Los chilenos quieren la sensatez dialogante y pragmática de la socialdemocracia concertacionista y no el radicalismo populista de la Nueva Mayoría inspirada en antiliberalismos teológicos del tipo expresado en "El otro modelo".

Lo ocurrido en las municipales, entonces, no es solo el derrumbe de Bachelet y del gobierno irresponsable que ha conducido, sino de una ideología probadamente fracasada que intoxicó a todo un sector político e intelectual del país a través de consignas y eslóganes irreflexivos. Nada de esto, por cierto, significa que el virus populista ha sido extirpado y que nos salvamos de lo peor. Sin duda, ciertos grupos radicalizarán aun más su propuesta y líderes carismáticos aparecerán con opciones serias de concretarlas. Tampoco será fácil revertir el daño hecho en estos años. Pero al menos hay ahora una oportunidad para rescatar un ideario de progreso e inclusión real. Uno que no vea en la libertad la fuente de nuestros males y en el Estado un demiurgo capaz de elevarnos material y moralmente, sino que entienda que la primera es la fuente del desarrollo económico y social y el segundo, el encargado de protegerla y apoyarla cuidadosamente donde esta se quede corta.

Veremos si la clase política tiene la inteligencia y el coraje de promover una filosofía del éxito revirtiendo la tendencia de deterioro actual, o si solo moderará su demagogia haciéndola más lenta.

Tomado de elmercurio.com

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