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Castigar la riqueza no ayuda a los pobres

IVÁN CARRINO 

El tema de la desigualdad social no es nuevo. Ya en 1849, el padre del comunismo, Carlos Marx, planteaba que no importaba que una casa fuera grande o pequeña, siempre y cuando las que la rodearan fueran de igual tamaño. A renglón seguido, advertía que “si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza”.

A Marx no le importaba cuál fuera el ingreso o la riqueza de una persona, sino solo en comparación con la de los demás. Volviendo al presente, el 16 de enero, la organización internacional OXFAM publicó su informe anual sobre la desigualdad económica en el mundo. De acuerdo con esta organización, “la súper concentración de riqueza sigue imparable” y los 8 hombres más ricos del mundo poseen la misma riqueza total que las 3.600 millones de personas más pobres del planeta.

Dado que Oxfam cree que la desigualdad económica derivará en inestabilidad y caos social, pide “gobiernos que apuesten por una visión de futuro (…) grandes empresas que antepongan los intereses de trabajadores y productores (…) y que el sistema fiscal sea justo y progresivo”.

En otras palabras, pide más impuestos a los ricos y más controles para combatir el capitalismo. Con una metodología altamente cuestionable, Oxfam quiere “Una Economía para el 99%”, que “desconcentre” la riqueza del 1% más rico de la sociedad.

Ahora el problema más fundamental con este planteo es que desconoce el rol que ese 1% ha tenido en la mejora de las condiciones de vida de la humanidad.

Veamos… De los 8 hombres que encabezan la lista de los más millonarios a nivel global, 4 están ligados a las nuevas tecnologías. En la lista de los 500 más ricos del mundo que publica Forbes, Bill Gates, de Microsoft, está seguido por Jeff Bezos, de Amazon, Mark Zuckerberg, de Facebook, y Larry Ellison, de Oracle.

Esto los coloca en el exclusivo grupo de los innovadores tecnológicos, que día a día nos asombran con sus creaciones. Claro que sus innovaciones los han hecho increíblemente ricos, ¿pero quiere decir eso que deberían pagar muchos más impuestos para “devolver lo que tomaron de la sociedad”?

De ninguna manera. En un estudio publicado en 2004, el economista de la Universidad de Yale, William Nordhaus, encontró que “solo una pequeña fracción de los retornos derivados de los avances tecnológicos entre 1948 y 2001 fue capturado por los productores, lo que indica que la mayor parte de esos beneficios fueron transferidos a los consumidores”.

Nordhaus estimó que los empresarios innovadores capturaron solamente el 2,2% del valor total que sus invenciones crean para la sociedad.

Es decir, sin dudas que Bill Gates y Mark Zuckerberg se hicieron multimillonarios con sus creaciones. Pero lo que indica Nordhaus es que el valor que le aportaron a la sociedad con ellas es casi 50 veces mayor que el que se llevaron al bolsillo.

Esto es algo que podemos ver a diario. La tecnología de la información avanza a pasos agigantados, facilitándonos y abaratándonos increíblemente la comunicación. Esta reducción en los costos de la comunicación y del procesamiento de información tiene un notable impacto en la productividad de las empresas.

Piénsese en la cantidad de empresas que pueden crearse cuando una computadora vale USD$10.000. Ahora piénsese cuántas pueden crearse cuando su precio promedio es USD$1.000.

Eso es lo que genera el avance tecnológico. Más empresas, más producción, más empleo y menos pobreza.

Con estos datos en la mano, Edward Conrad, autor de “El lado bueno de la desigualdad” afirma que:

“Dado que los beneficios de la innovación recolectados por el público mucho mayores que la ganancia capturada por los innovadores exitosos, sorprende la ansiedad que tienen los abogados de la redistribución en maximizar los impuestos cobrados a los innovadores en lugar de maximizar el ritmo de esa innovación.”

Lo que necesitan los pobres del mundo no es un mayor castigo fiscal “a los ricos”, sino mayores incentivos para la producción y la innovación creativa y tecnológica. Todo lo contrario a lo que proponen los intervencionistas de Oxfam.

Una mejor economía “para el 99%” no se conseguirá con redistribución gubernamental, sino con una cada vez mayor economía de mercado. La megarriqueza del 1% es el resultado de haber beneficiado al 99%, no de haberse quedado con lo que no le corresponde.

Volviendo al inicio, los emprendedores “superexitosos” no tienen que devolverle nada a la sociedad. En realidad, ya le dieron todo en la forma de mejores bienes y servicios, y fue la sociedad la que les devolvió ese favor poniéndolos en la cima de la pirámide económica.

En lugar de preocuparnos por cómo distribuir la riqueza de la sociedad, deberíamos estar pensando en cómo multiplicarla. Y aumentar los impuestos está lejos de ser el camino más efectivo.


Licenciado en Administración y Máster en Economía, Iván Carrino es Analista Económico en Inversor Global. Además, es profesor de Economía en la Universidad de Belgrano y de Economía Internacional en el Instituto Universitario ESEADE, en Buenos Aires. Síguelo en @ivancarrino.