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Oportunidad para un cambio de verdad

EDUARDO BOWLES 

Hace unos días, en ese mismo espacio hacíamos un recuento del caso Odebrecht, el escándalo de corrupción más vergonzoso, millonario y extendido del continente, con posibilidades de involucrar a una veintena de países, a un número similar de gobiernos y a cientos de líderes, entre ellos ex presidentes y actuales mandatarios, como el colombiano, Juan Manuel Santos. Estamos hablando del pago de sobornos que hizo la empresa constructora por un valor que podría alcanzar los mil millones de dólares para conseguir contratos ventajosos. Para darse una idea de este espeluznante episodio, sólo el peruano Alejandro Toledo habría recibido 20 millones de dólares en coimas.

Es posible que el caso Odebrecht, cuyo principal ejecutivo ha prendido el ventilador para disminuir su condena, se convierta en el hito más importante del viraje político que está experimentando la región, donde gobiernos como el de Nicolás Maduro de Venezuela y el de Evo Morales, en Bolivia, tienen planes de aferrarse indefinidamente al poder, más allá de las críticas circunstancias que enfrentan los países, producto de la ineficacia de las políticas populistas y de la propagación de la corrupción, que en el caso brasileño, provocó un remezón sin precedentes en la conducción de la nación.

Es probable que Toledo termine condenado a prisión, ya que existe una orden de detención contra él y que las aspiraciones políticas de Santos en Colombia se desvanezcan. Los casi 100 millones que Odebrecht pasó por debajo de la mesa en Venezuela tal vez acaben haciendo implosión en el complicado escenario político y obviamente, de seguir con las revelaciones que hacen los directivos de la constructora, no quedará hueso sano en el esquema de poder imperante en el continente.

En ese sentido, más que una vuelta de péndulo, de cambio de nombres y renovación en las tendencias ideológicas, a América le está haciendo falta una fuerte transformación, avances en la calidad de la democracia, fortalecimiento de la institucionalidad y por supuesto, un paso adelante en la consolidación de los valores republicanos, sin los cuales el sistema democrático carece de significado, se vuelve hueco y no es más que un mamotreto cargado de lirismo sin mayor trascendencia.

El caudillismo reinante, el presidencialismo exacerbado, el “decretismo” con el que se administran los países, debe dar paso a la construcción de un modelo que respete la independencia de los poderes, que fortalezca la meritocracia e impida la manipulación de la justicia, herramienta que usan los regímenes para meterse en una coraza que afortunadamente se está rompiendo con este escándalo de proporciones épicas.

El continente ha echado a perder el mejor momento económico de su historia y lo hizo porque las instituciones del Estado y la forma de organización de los países no están preparadas para afrontar los desafíos de la democracia moderna, cuya finalidad debe ser el servicio a los ciudadanos y la búsqueda de la competitividad para resolver problemas estructurales de larga data. Si esta ocasión no nos sirve para hacer cambios fundamentales, la historia de América Latina está condenada al fracaso.

Tomado de eldia.com.bo 

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