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Un monumento para los intermediarios

intermediarioIVÁN CARRINO 

La economía no es el fuerte de Sergio Massa. En septiembre del año pasado, el ex candidato presidencial y actual diputado por la Provincia de Buenos Aires, había pedido suspender las importaciones por 120 días. Dados los beneficios naturales que se derivan del comercio, la propuesta de Massa generó una reacción contundente del grueso de los economistas.

Pocos días atrás, el diputado volvió a insistir con un tema económico. Esta vez fue a través de su cuenta de Twitter. Tras comentar que no entendía por qué la “la papa sale de Otamendi a $4 el kilo y se la vende en hipermercados a más de $20”, sugirió que “hay una cadena de vivos que saca provecho del trabajo ajeno”.

Las expresiones de Massa, que reflejan el poco conocimiento teórico sobre economía que él y sus asesores tienen, no son un reclamo aislado. En definitiva, el odio al intermediario se repite a lo largo y a lo ancho de los medios de comunicación y la política. El popular empresario de la carne, Alberto Samid, es otro que permanentemente insiste con el tema. Además, toda la perorata del gobierno anterior respecto de las “cadenas de valor” iba en el mismo sentido: controlar los costos de distribución para bajar los precios.

Por si esto fuera poco, hay muchos que, sin defender un sistema de controles de precios, también consideran que los márgenes son excesivamente elevados y que “algo hay que hacer”.

La realidad es que estos cuestionamientos están totalmente mal orientados. Es que a juzgar por la función social que cumplen, a los intermediarios –transportistas, distribuidores, comercializadores, y minoristas- en lugar de criticarles, habría que hacerles un monumento.

A 450,5 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, yendo por la Ruta Provincial 2, se encuentra Comandante Nicanor Otamendi, una localidad de 6.600 habitantes conocida por su producción de papas y por organizar la Fiesta Provincial de la Papa, que este año se celebrará entre los días 16 y 19 de marzo.

De acuerdo con el relato de Massa, en una fábrica de Otamendi el kilo de papas cuesta $ 4, mientras que en un hipermercado el precio puede superar los $ 20. Algo tiene que estar mal.

Sin embargo, no nos dice mucho el dato sobre el precio en la fábrica. Después de todo, a los consumidores de la Ciudad de Buenos Aires no nos resultaría para nada económico trasladarnos a Otamendi para comprar un kilo de papas al “bajo” precio de $ 4. Mucho menos, claro, a un consumidor que viva en San Salvador de Jujuy.

Esta inconveniencia es lo que explica las diferencias en los precios. No es lo mismo un kilo de papas en la puerta de la fábrica de Otamendi que un kilo de papas en el supermercado de la vuelta de nuestra casa. La compra en el minorista vecino ofrece comodidad por la cercanía, por sus instalaciones y también por darnos la posibilidad de adquirir muchas más cosas en el mismo lugar, optimizando los tiempos.

Todos estos beneficios son servicios valorados por los consumidores y por los que están dispuestos a pagar un precio. Ahora si ese precio se compara con lo que nos costaría trasladarnos a Otamendi, la conclusión es sorprendente: es infinitamente menor.

Es decir, gracias a los intermediarios, los consumidores pagan mucho menos de lo que pagarían si tuvieran que abastecerse en los mercados centrales, o si tuvieran que comprar cada bien o servicio en el lugar de su producción.

Otros argumentos para defender a los intermediarios hacen hincapié en los costos que enfrentan. Electricidad, salarios, publicidad, sostienen, son todos costos que los intermediarios enfrentan y que deben “trasladar” a los precios. Este planteo también es erróneo. Es el consumidor el que determina el precio con sus valoraciones y su presupuesto, y es en función de ello que los supermercados deciden incurrir en esos costos. Si no hubiera un precio que compensara esos costos, entonces no existiría tal actividad.

Otros también señalan los impuestos, que son insoportablemente elevados en la Argentina actual. Eso es indudablemente cierto, pero no es una explicación para la diferencia entre el precio al consumidor y el precio a la salida de la fábrica. En un mundo de impuestos cero, también existirían diferencias entre el minorista y el mayorista.

Es una cuestión básica: el minorista aporta valor al consumidor y por ello es que éste está dispuesto a pagar un poco más.

Tal vez el mejor ejemplo de por qué son valiosos los intermediarios sea el video de YouTube que explica cómo hacer un Sándwich de USD 1.500 en seis meses. En dicho video, una persona decide fabricar un sándwich desde cero, deshaciéndose por completo de cualquier tipo de intermediario. El resultado es alucinante: debe gastar la fortuna de milquinientos dólares y esperar seis meses para tenerlo terminado.

¿Siendo tan costoso hacer un simple sándwich, cómo es posible que podamos conseguirlo en un supermercado o comercio minorista por menos de $ 80 (o USD 5, un 0,3% de su costo total de USD 1.500)? Es la magia de la economía de mercado y la división del trabajo.

Gracias a ella, nos especializamos en lo que sabemos hacer mejor y nos beneficiamos a nosotros y al resto administrando mejor los recursos. Los intermediarios no son más que otro eslabón en esta fantástica división que le ha traído un inimaginable progreso a la humanidad.

Tomado de elliberal.igdigital.com

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