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Una lección por aprender

EDUARDO BOWLES

Nada menos que el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, dijo que los latinoamericanos le debemos dar gracias a la empresa brasileña Odebrecht, por haber mostrado como nadie la calaña de gobernantes que tenemos, las debilidades institucionales de nuestros países y lo lejos que estamos de conseguir gobiernos transparentes. Lo mismo debería decirse de la reciente ruptura del orden constitucional que ha perpetrado el chavismo venezolano, medida que, más allá del daño que le causa a la democracia, le hace un gran favor a nuestros países, donde todavía quedan vivas muchas taras en relación a la política, el liderazgo, el papel de los gobiernos y el rol de la ciudadanía, entre muchas otras, que lamentablemente sobreviven y nos mantienen atrasados.

En América Latina no parecen haberse enterado de la caída del Muro de Berlín y todavía creen que el socialismo hizo maravillas en Cuba, país que en los últimos 15 años ha sido el modelo a imitar de los gobernantes, a la cabeza de Hugo Chávez, cuyo proyecto ha hecho aguas, sin bloqueo, sin embargo, sino todo lo contrario; se ha derrumbado en medio del apogeo económico más importante de su historia, con un ingreso constante y sonante de 300 millones de dólares por día durante casi una década. Ni bien el precio del petróleo se redujo a la mitad, el régimen que aspiraba a ser el nuevo imperio sudamericano se vino abajo como un castillo de naipes.

Todos los caudillos surgidos al calor de la bonanza y el prebendalismo y todas las revoluciones que intentaron llevar adelante se desmoronaron porque no saben gestionar, no planifican, no respetan el mérito de los que saben y porque no saben usar la democracia para conseguir las transformaciones que hacen falta en nuestros países, donde la pobreza todavía se campea sin posibilidades de una recuperación importante.

Lo que ocurre en Venezuela es una lección importante para la ciudadanía; ingenua, impulsiva e infantil, que todavía cree en los caudillos mesiánicos y demagogos; que hace dejación de su libertad a cambio de una dádiva y que está convencida que el Estado es la razón de ser de un país y que el estatismo es la ruta correcta del bienestar.

Después que pase esta pesadilla del Socialismo del Siglo XXI, los latinoamericanos tendremos que volver a empezar de cero, como ocurrió cuando se acabaron las dictaduras militares. Nadie sabe si empezaremos con la lección aprendida, es decir, sabiendo que la democracia es un camino muy largo, lleno de tropiezos, en el que se aprende a base de prueba y error y no como lo prometen los que ahora intentan –como gato panza arriba-, salvarse de la sanción que le tiene preparada la historia.

Lo importante será, como lo hicieron Alemania o Japón, el periodo de la reconstrucción, no solo de los daños materiales que ha causado este periodo tan caótico de nuestra política, sino del sistema institucional, uno que le ponga los debidos candados a cualquier intento futuro por involucionar, por revivir los muertos y encumbrar a ídolos de barro, a los que le quedó grande la democracia.

Tomado de eldia.com.bo 

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