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Revoluciones inconclusas

EDUARDO BOWLES

Acabamos de recordar 65 años de la Revolución de 1952, considerada una de las más importantes del Siglo XX, equiparable a la sublevación mexicana, iniciada en 1910. Las transformaciones también son muy parecidas: reforma agraria, voto universal, nacionalización, reivindicación de los derechos del campesinado, entre otras.

En el 2005, el denominado “proceso de cambio” inició otra revolución con idénticos postulados, aunque algunos matices diferenciadores como el carácter pacífico y el enfoque cultural adoptado y materializado en el concepto de la descolonización.

Todos los observadores coinciden en que si bien la mutación fue importante con el MNR, pues el país abandonó algunos sistemas feudales que aún prevalecían en pleno siglo XX, la revolución quedó inconclusa, pues quedaron abiertos los grandes abismos sociales, el acceso a la tierra siguió siendo un privilegio, la nacionalización de los recursos naturales se acabó con el despojo de algunos activos y no se tradujo en consolidación de una estructura productiva y la democracia se volvió una mera formalidad que se acaba en el voto.

Es tal vez por eso que a principios de los años 90, coincidiendo con la conmemoración de los 500 de la conquista de América, comenzó a retoñar en Bolivia el germen revolucionario, precisamente entre quienes siguen postergados después de las innumerables revoluciones que ha vivido nuestro país, algunas reales, otras inventadas, pero muy pocas veces dotadas del carácter genuino que las lleve a consolidar transformaciones de fondo que ayuden a avanzar hacia un futuro más promisorio.

Fueron los indígenas del oriente boliviano, los más olvidados, los más pobres y desamparados, los que hicieron los planteos que casi 15 años después adoptarían como suyos los “revolucionarios” que tomaron el poder el 2005 y que, insistimos, levantaron las mismas banderas de 1952. Esa sintonía con las necesidades de las grandes mayorías y especialmente, con la urgencia de dotarle al país de un andamiaje económico sostenible a partir de la industria gasífera, ha sido la responsable de la legitimidad y de la popularidad del “proceso de cambio” durante todos estos años.

Sin embargo, los hechos nos han demostrado que otra vez estamos ante una revolución inconclusa; ante unos propósitos traicionados y grandes sectores de la ciudadanía desilusionados, pues tal vez tendrán que esperar otros 65 años para que vuelva a madurar un nuevo proceso evolutivo en materia social, económica y política. Los revolucionarios del 2005 lucen aburguesados, encaramados en las empresas públicas, los contratos y los negocios que les brinda el Estado, mientras la mayor porción de la población se encuentra sin perspectivas de salir de la pobreza.

¿Habrá que esperar tanto para la próxima revolución? Afortunadamente no, puesto que la sociedad de la información y el conocimiento en la que estamos viviendo y que ha transformado al mundo en una aldea global, nos permite poner en marcha verdaderas metamorfosis en diferentes planos, especialmente en la educación, la nueva fuerza transformadora de la humanidad.

Tomado de eldia.com.bo

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