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La verdad y los economistas

EDUARDO BOWLES 

Estamos mal, pero vamos bien”, era la frase que repetía un legendario ministro de economía argentino en la época en que el país no terminaba de salir de la hiperinflación y eran insuficientes los ajustes draconianos que intentaban remediar los errores de sus antecesores. Entre ellos hubo uno que disimulaba la crisis con un alusiones al clima: “Hay que pasar el invierno”, decía, mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Ninguno llegó a admitir la verdadera situación hasta que se tuvo que recurrir a corralitos bancarios, retenciones impositivas y una serie de medidas que se vienen aplicando desde hace 30 años y que no son capaces de frenar la inflación ni remediar las dificultades que afectan a los ciudadanos.

Es difícil exigirle sinceridad a un economista cuando está en funciones de gobierno. Todo los diagnósticos y pronósticos creíbles suelen escucharse en las filas de los críticos, en las columnas de opinión y en las aulas universitarias, pero lamentablemente a esos no los escuchan y muy pocos leen sus artículos.

Lo mismo que en Argentina, en Bolivia nunca se habla de crisis, sino de “desaceleración”, pese a que el “frenazo” sea equivalente a la disminución del 50 por ciento de los ingresos, sin perspectivas de que vuelvan a la “normalidad”, como lo desean con ansias quienes no hallan la forma de navegar en aguas turbulentas y prefieren echarle la culpa a los empresarios privados, a quienes se les exige actuar con la misma “agresividad” que el sector público, que derrochó casi 200 mil millones de dólares en una década, sin medir consecuencias y tampoco calcular los resultados.

Hoy al menos se reconoce que “estamos creciendo menos”, porque hasta hace poco nos considerábamos el ejemplo continental por cifras que simplemente son el reflejo de una visión macroeconómica que Bolivia viene cuidando como un precioso cristal desde 1985, pero que todavía no ha sido capaz de llevar al plano de la cotidianidad, puesto que los mejores indicadores son siempre los que parten desde los hogares, de la opinión de las amas de casa, los taxistas, los vendedores de periódicos, los colegios de los niños, los primeros en sentir cuando el dinero comienza a escasear, como está sucediendo en la actualidad.

El Gobierno ya no debería ufanarse ni del crecimiento, porque no hay forma de sostenerlo con mayor incentivo a la demanda (se acabó el dinero para “volantear”) y tampoco de la baja inflación, ya que en este momento no es más que la señal inequívoca de que la gente está demandando menos, que ha bajado la capacidad de compra, producto del incremento del desempleo, el cierre de empresas y la menor actividad económica.

Un poco tarde también los responsables de la política económica se dan cuenta que no es necesario contraer más créditos, sino aprovechar el dinero que, aunque algo más escaso, sigue estando disponible en los bancos, como consecuencia de la ineficiencia en la gestión pública. Durante una década se cometió el grave error con olor a extravagancia, de pedir dinero prestado, cuando había de sobra para invertir en lo que debió ser la transformación de la matriz productiva, en el destierro de viejos problemas sociales y la creación de empleos sostenibles que nos permitan hoy afrontar en mejores condiciones la crisis que ningún político quiere admitir.

Tomado de eldia.com.bo 

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