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Las falacias de Paul Krugman

JUAN CARLOS HIDALGO 

Ya que sus artículos son reproducidos en toda América Latina, la pluma del Premio Nóbel de Economía y columnista del New York Times, Paul Krugman, resulta muy peligrosa en cuanto a informar a los latinoamericanos sobre la actualidad económica mundial y las medidas que los gobiernos deberían tomar para contrarrestar lo que parece una inminente recesión. Las falacias de Krugman son tomadas como santa palabra por algunos economistas y analistas latinoamericanos, generando un efecto de mitomanía retroalimentada bastante nocivo.

Empecemos desde un inicio: Llegada la administración Obama al poder en enero del 2009, se generó un debate sobre qué medidas debía tomar el gobierno estadounidense para resolver (o al menos paliar) la crisis financiera que azotaba a ese país. Paul Krugman fue quizá la voz más destacada dentro del bando neokeynesiano que abogaba por abrir dramáticamente las llaves del gasto público para que este dinero reactivara la decaída economía estadounidense. Obama rápidamente se decantó por este enfoque, y fue así como el Congreso estadounidense controlado en ese momento por los demócratas, aprobó un paquete de estímulo de $780.000 millones.

Para poner en contexto esta cantidad abundante de plata, los ingresos de la FIFA por concepto del Mundial de Sudáfrica 2010 fueron de un poco más de $1.000 millones. Es decir, el paquete de estímulo de Obama equivalió a 780 Copas Mundiales. Obama afirmó tras la aprobación del paquete de estímulo que gracias a él el desempleo en EE.UU. no subiría por arriba del 8%. En realidad, exceptuando dos meses, lleva 21 meses por arriba del 9%.
Para ser justos, Krugman fue un crítico del tamaño del paquete de estímulo. Para él el gasto debió haber sido de al menos el doble del acordado. De tal forma, se curó de salud ante el posible fracaso (que ahora es ampliamente evidente) de dicha política. El paquete de estímulo, aunado al aumento del gasto federal heredado de programas aprobados durante la admnistración Bush, contribuyó a que el déficit fiscal y la deuda del gobierno federal se disparara por los cielos. La economía no levantó, ya que el sector privado sabiamente intuyó que un déficit fiscal tan grande tarde o temprano se iba a financiar con impuestos más altos (o inflación). Esta incertidumbre, aunada a una ofensiva regulatoria de la administración Obama, es la responsable por la anémica recuperación de la economía estadounidense.

El tamaño del gasto federal en EE.UU. fue el principal tema de la elección de medio período del año pasado, donde surgió el Tea Party como un actor político destacado promoviendo el recorte drástico del tamaño del Estado. Paul Krugman, por el otro lado, insistía que el gobierno federal no solo tenía que mantener sus niveles de gasto (sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial), sino que más bien tenía que aumentarlo. Si no es el Estado el que estimula la economía, ¿quién va a hacerlo? La elección dio como resultado una paliza del Partido Republicano, liderado por el Tea Party. Los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes y varios escaños en el Senado. El mensaje del electorado estadounidense fue claro: no solo no compartía la borrachera de gasto de la administración Obama, sino que mandaba a nuevos congresistas cuya única y principal promesa de campaña era recortar dramáticamente el gasto público.

La misión no era fácil. El Senado continúa en manos demócratas y Barack Obama sigue en la Casa Blanca. De ahí que cuando llegó la negociación sobre aumentar el techo de la deuda federal hace unas semanas, las negociaciones fueron sumanente contenciosas y se extendieron casi que hasta el último minuto. Krugman era de la posición de que el techo de la deuda debía aumentarse sin recortes de gasto. Cualquier consolidación fiscal debía darse por el lado de aumentarle los impuestos a los ricos, según él. De ahí que cuando finalmente se alcanzó un acuerdo que contemplaba únicamente “recortes” de gasto sin aumento de impuestos, Krugman echaba espuma por la boca. Se trataba, según él, de una capitulación inaceptable de la administración Obama ante la “extrema derecha republicana”.

El gobierno federal no debe recortar el gasto, más bien debe aumentarlo. ¿Y que hay de la preocupación de que la deuda de EE.UU. estaba alcanzando niveles altamente peligrosos? Patrañas, decía Krugman. EE.UU. bien puede aumentar su deuda federal por encima del 98% del PIB en que actualmente se encuentra. ¿Y las amenzas de que EE.UU. pudiera perder la confianza de los mercados y que se reduciera la calificación de su nota crediticia? No va a pasar, dijo el Nóbel.
¿Y qué tan grandes son los recortes de gasto que despertaron la rabia de Paul Krugman? Pues así es como se ven:

Un momento… ¿cuáles recortes si las barras van para arriba todos los años? Pues efectivamente. El acuerdo entre republicanos y demócratas no recorta el gasto, simplemente limita el crecimiento del mismo. El gobierno federal gastará más dinero en cada uno de los siguientes 10 años. Aún así, esto es demasiado para Krugman, quien advierte que los “masivos recortes” atentarán contra la recuperación económica.
A los pocos días del acuerdo bipartidista, la calificadora de riesgo Standard and Poor’s rebajó por primera vez la calificación credicitia de EE.UU. de AAA a AA+. El impacto inmediato es limitado puesto que hasta el momento solo S&P ha dado este paso, sin embargo eso ha bastado para que los mercados internacionales colapsen ante la perspectiva de un EE.UU. con una capacidad comprometida para controlar el crecimiento de su deuda (y eventualmente pagar a sus acreedores).

¿Cuál fue la reacción de Krugman? Todo es una conspiración de las calificadoras de riesgo y la extrema derecha del partido Republicano. La administración Obama debe prestar oídos sordos y continuar gastando.
En su último comentario de blog, Krugman ofrece una nueva solución para reactivar la economía estadounidense: una inflación más alta. Según el Nóbel, EE.UU. debería permitir que la inflación suba hasta quizá el 6% anual. Esa es la receta de Paul Krugman para la economía estadounidense: más gasto público, una deuda federal que supere el 100% del PIB (a riesgo de que EE.UU. continúe perdiendo su calificación crediticia), impuestos más altos y una mayor inflación. Todo esto, según él, estimulará al sector productivo estadounidense y reactivará la economía de este país.
Ante tal disparate es que muchos en América Latina se persignan.

Tomado de elcato.org