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Tarifas, precios y costos

EDUARDO BOWLES

En el Gobierno están dando respuestas muy coherentes y sensatas para justificar el incremento en el precio de la energía eléctrica y aseguran que la gran mayoría de los bolivianos casi ni sentirá el ajuste, pues sus facturas vendrán con menos de un boliviano de diferencia.

Olvidan mencionar que sin bien un tres por ciento puede lucir insignificante para el contexto hogareño, en el aparato productivo, en las empresas, en las fábricas y comercios, que consumen grandes cantidades de energía, esta cifra puede incidir en el Índice de Precios al Consumidor, tal como lo anticipan los especialistas.

Esta influencia podría ser mayor aún si tomamos en cuenta la mentalidad que predomina en la mayor parte de los bolivianos que se han acostumbrado a que ciertos servicios y productos se deben mantener congelados “ad eternum”, como si la diferencia entre costos y precios no fuera relevante o la tuviera que asumir para siempre el Estado. Esa concepción ha dado como resultado un ciudadano hipersensible a cualquier variación y un sector comercial que aprovecha cualquier circunstancia para subir sus precios. Para ejemplificarlo, hay que ver cómo los transportistas ya están discutiendo una elevación de sus pasajes y en los mercados ya se nota el efecto de la “nivelación” de la tarifa eléctrica.

Esa sensibilidad extrema ocurre especialmente con algunos artículos de primera necesidad como la carne, el azúcar o la harina; con otros productos como la gasolina y el gas licuado y, por supuesto, con tarifas de agua, electricidad y otras prestaciones. Los gobiernos populistas -que no son nuevos-, le han transmitido un mensaje equivocado a la población, que piensa que el Estado tiene los recursos ilimitados para subvencionar y que esos fondos provienen de un lugar desconocido, de alguna cartera multimillonaria que nunca se va a acabar. La mayoría no sabe que el Gobierno no produce nada y que nada más tiene el poder para hacer trucos financieros, imponer caprichos y medidas “políticas”, pero que en definitiva, el precio real lo asumimos todos, con baja productividad, mala educación, pésima salud y unos servicios que cada vez se vuelven más escasos.

De vez en cuando, los gobiernos se desesperan por la falta de recursos y recurren a “tarifazos”. En el pasado eran conocidos los famosos “paquetes” lanzados por dictadores que no eran más que ajustes de precios y decretos de austeridad y recortes de beneficios a la población que anteriormente habían sido ofrecidos como grandes conquistas, derechos adquiridos, bondades de la “excelente” administración pública y otras argucias.

Eso precisamente ocurrió a finales del 2010, cuando el Gobierno actual intentó aplicar el “gasolinazo” con hasta un 70 por ciento de incremento en los carburantes. En ese momento las autoridades advirtieron el problema de escasez de inversiones petroleras que se les venía, la reducción de ingresos y problemas que nos están comenzando a agobiar y que explican el incremento de las tarifas eléctricas. En esta situación solo se puede pedir que se aplique la sinceridad con la gente y sobre todo la austeridad en el gasto público.

Tomado de eldia.com.bo

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