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La incómoda Constitución

EDUARDO BOWLES

En 2009, el constitucionalista cruceño Juan Carlos Urenda publicó un libro titulado “El Estado Catoblepas”, haciendo alusión a un mito etíope que fue interpretado por numerosos pensadores como Leonardo Da Vinci, Borges, Flauvert y también algunos pensadores romanos y griegos. La obra alude a un horrible monstruo que se devora a sí mismo y a ese ritmo va adquiriendo formas cada vez más horrendas, al punto que muchos huyen de él, mientras otros tratan de matarlo.

Urenda se refería aquella vez a las innumerables contradicciones que incorporó el “proceso de cambio” en la nueva Constitución aprobada en enero de 2009 y que se volcaron en su contra, como la creación de territorios indígenas que terminaron convirtiéndose en un obstáculo para los apetitos extractivistas de un Gobierno que se ha vuelto insaciable a la hora de devorar recursos públicos. Todo el ecologismo que se imprimió en esa carta magna se desdibujó con la embestida depredadora que está llevando adelante el régimen.

Es tal el divorcio y el desconocimiento entre lo que se escribió aquella vez y lo que se hace hoy, que hace unos días el vicepresidente García Linera dijo que eso de los “parques nacionales” es un invento de los gringos, cuando en realidad, las reservas naturales y demás formas de preservar y cuidar los bosques están presentes en la Constitución, aprobada a fuego y sangre, haciendo gala de la soberanía y una visión revolucionaria, libre de ataduras imperialistas y colonialistas.

En realidad, la actitud del Gobierno se parece más a lo que hacía Procusto, otro personaje mitológico que tenía una posada. En ella tenía dos camas de hierro, una demasiado grande y otra extremadamente pequeña. Mientras el viajero dormía, el malvado posadero lo amarraba al catre y procedía a cortarle las piernas en caso de que no encajara por ser más grande que la cama o a estirarlo a martillazos si la situación fuera contraria.

El final de Procusto fue mucho más dramático que el de Catoplepas, porque el valiente Teseo, rey de Atenas, lo sometió a los mismos castigos y torturas y finalmente le cortó la cabeza para que no pueda seguir tramando sus tropelías y los pies, para que no continúe ese camino de terror.

Los intelectuales suelen usar este mito para referirse a aquellos que buscan adaptarlo todo, incluso la realidad, a sus propias necesidades, apetitos e incluso a sus propósitos maquiavélicos, como hace el oficialismo que no halla dónde cortar, estirar, parchar y adaptar para cumplir con su propósito de perpetuar a Evo Morales en el poder y montar una dictadura que no luzca como tal.

Lo han intentado varias veces, han hecho innumerables ensayos y propuestas, pero esta vez han ido demasiado lejos, presentando un recurso de inconstitucionalidad de una de las cláusulas que los constitucionalistas llaman “pétreas” porque modificarlas significaría traicionar definitivamente el modelo republicano y el sistema democrático que rigen nuestra vida política e incurrir en una deformación monstruosa que nadie quiere imaginar.

Tomado de eldia.com.bo

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