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POEMAS DE ANTONIO ROJAS

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Pintura de Vincent Van Gogh

Poeta cruceño (doctorado en Derecho Constitucional) escribió estos bellos poemas apenas pasados sus veinte años, en los ochenta. Poesía de metáforas transparentes y directas, sin rebuscamiento alguno, que comunican claramente las ideas y permiten, al mismo tiempo, apreciar la imaginación del poeta. (Nota del editor)



Tanto amor, Débora, tanto
no puede pasar así, me dije,
(como pasan los pájaros)
tiene que estar por encima del tiempo
para eso me hice poeta
y escribí estos versos.

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No sé quién, Laura, dejó esta noche
tanto asterisco en el cielo,
yo no los necesito para escribirte.
Me basta el punto de la luna.
Si algún día, Laura, voy a París
me robaré esa enorme estilográfica
que allí llaman Torre Eiffel
y te escribiré, sobre la hoja virgen del Sahara,
con la tinta azul del mar:
ÁMAME, LAURA
ÁMAME

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Cuando estábamos en el colegio
escribí tu nombre en mi corazón
en mis cuadernos, en las paredes.
Han pasado los años;
los cuadernos se han perdido
las paredes han sido pintadas
y tu nombre borrado.
Mas, en mi corazón, Ariana, está escrito.

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Si el sol se enciende
(al igual que la luna y las estrellas)
unas veces más que otras
¿Es que hay alguien ahí detrás?
-Eh, tú, sacristán ¿Estas ahí?

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El viento levanta las faldas
de las jóvenes que pasan
y acaricia sus piernas
tostadas por el sol.
Unas corren
y otras discretamente se afirman
en algo, cuando el viento
las toma por la cintura.

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Cuando nos veíamos
solías contarme que habías soñado conmigo;
Luego, viajé.
Me pregunto recordándote, si aún sueñas conmigo
o si alguien te habrá ya despertado.

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Llegaron a la orilla del pueblo
“La Cedazo”, “La Chilena”, “La Escopeta”
y anclaron su burdel.
Allí de noche, tarde,
se oía tintinear vasos. Risas.
Y desde la puerta, esperando su turno,
calle arriba, serpenteaba
Un surco
de hombres.

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Ha madurado el sol
en la copa de los árboles.
Pacientemente una oveja
deshila su balido.
El corazón de la campana
palpita seis veces
y se apaga tras un suspiro.
El viento se despereza
corriendo por el campo.
En la plazuela la pileta
abre su rosa de agua.
Un niño en sus sueños vuela
--como un águlia—
Lejos, muy lejos del pueblo.

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Con el alba. El azadón al hombro
van los campesinos a trabajar la tierra.
Las mujeres llevan en sus cabezas
ebrios cántaros que babean chicha.
En el campo
bajo el cadencioso golpe de sus azadones
van abriendo ubérrimos surcos.
Y mientras discurre el día
se van bebiendo el sol
en sus vasos de chicha.
Abre renglones paralelos
en los que escriben la vida de las semillas.
Al atardecer,
al calor de una fogata,
alguien rasga una canción.
A esas semillas que con el tiempo darán frutos;
a esas semillas se parecerán mis versos un día.

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Los escritores bolivianos
viajan mucho
especialmente los que escriben
sobre la libertad
no porque haya promoción de ellos…
Porque los exilian.

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La brisa se detiene bajo los árboles.
Tirados sobre un periódico,
dos obreros conversan
acerca de los precios.
Dos pajaritos se persiguen
de rama en rama, por un gusano.
Una mujer arrulla un niño
que llora y llora
y no se cansa de llorar.
¡Y las cigarras chirriando
bajo el ardiente furor del sol!


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