Buscar en nuestras publicaciones:

Del golpe bolchevique al emperador Xi

EMILIO MARTINEZ

Bajo el título “Un siglo para juzgar”, el Instituto de Ciencia, Economía, Educación y Salud (ICEES) organizó en Santa Cruz de la Sierra un foro sobre el centenario de la revolución rusa, que contó con la participación del economista peruano Enrique Ghersi, coautor del recordado libro El Otro Sendero.

El evento contribuyó al debate y a la desmitologización de un proceso que ya abordamos en una columna anterior (Cuatro octubres) y que condujo a algunos de los peores genocidios de la historia universal.

En realidad, la verdadera revolución rusa tuvo lugar en febrero de 1917, protagonizada por los liberales (kadetes), socialistas moderados (mencheviques) y populistas agrarios (eseristas), mientras que el alzamiento que ha usurpado ese nombre, sucedido en octubre o noviembre dependiendo de los calendarios, fue en rigor un golpe de Estado, llevado a cabo por la minoría militarista y totalitaria acaudillada por Lenin.

Esta autodenominada vanguardia pronto constituyó una oligarquía burocrática que asentó su poder en lo que el propio Lenin denominaba “un terror implacable”, que no puede achacarse simplemente a las vicisitudes de la guerra civil, sino que fue eje central e intencional de la metodología de perpetuación en el aparato gubernamental.

La dictadura soviética, de inusitada crueldad desde antes de Stalin (quien solo perfeccionó o intensificó los mecanismos del terrorismo de Estado), prohijó a su imagen y semejanza despotismos del mismo cuño en diversas partes del planeta, sobresaliendo el experimento llevado a cabo en Extremo Oriente por Mao Tse Tung, del que aún no termina de librarse la “República Popular” China.

Cierto es que ese país dio un giro con el bujarinista Deng Xiaoping, abonado por la previa apertura diplomática norteamericana orquestada por el genio de Henry Kissinger, que dividió con astucia al bloque del socialismo real.

Pero hablar de una supuesta “evolución hacia la democracia” del régimen chino oscilaría entre la ingenuidad y la complicidad, toda vez que lo que subsiste en esa nación de mil naciones es una combinación de capitalismo antiliberal corrupto con una inflexible dictadura de partido único.

Una suerte de neoservidumbre, donde la gran mayoría de la población es explotada por una alianza de grandes burócratas del partido con empresarios trasnacionales mercantilistas.

Como cereza de la torta de este sistema oprobioso aparece Xi Jinping, presidente-emperador de poder indisputable y objeto de un renovado culto a la personalidad, sólo comparable al del mismísimo Mao. Primus inter pares de la nueva clase revolucionaria, “Xi Dada” o “Papá Xi” reina sobre 1.350 millones de chinos.

En tiempos en que este sino-expansionismo sienta sus bases en América Latina, cabe preguntarse qué de bueno podría dejarnos este nuevo colonialismo.

Si anteriores influencias coloniales sembraron cultura y tecnología a cambio de la extracción de recursos, ¿dejará el neoimperialismo chino algo más que una deuda externa gigantesca, obras públicas de mala calidad y múltiples prácticas de corrupción?

Tomado de eldia.com.bo