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La gran inmoralidad

AXEL KAISER 

¿Es justificable, técnica y moralmente, la decisión del gobierno de aumentar los impuestos a las empresas para financiar la educación?

Antes de contestar, recordemos que los impuestos constituyen una confiscasión violenta que el Estado realiza de la propiedad, es decir, de los frutos del trabajo de una persona. Si usted no los paga, lo meten preso. Por eso, como recuerda siempre Ricardo López Murphy, se llaman “impuestos“ y no “voluntades“.

Existe así, una dimensión moral extremadamente sensible cuando hablamos de aumentar la carga tributaria: hasta qué punto pueden los gobernantes afectar nuestra libertad al privarnos, por la fuerza, de aquello que hemos legítimamente producido con nuestro esfuerzo. Mayores impuestos, entonces, de un lado incrementan el poder de los políticos, cuyo origen es el dinero que extraen de los ciudadanos, y de otro, restringen la libertad y propiedad de las personas.

Y ya que es nada menos que nuestra libertad y propiedad lo que está en juego, los ciudadanos debemos exigir muy buenas razones y sólidos fundamentos técnicos para considerar un alza tributaria. Nada de eso se encuentra hoy en Chile. De partida, nuestros políticos gastan mal el dinero que nos extraen. No es un misterio para nadie que gran parte del dinero confiscado por la fuerza a los chilenos bajo el argumento de ser destinado a fines sociales, es desplifarrado o perdido en el hoyo negro de la corrupción.

El aumento sideral del gasto en educación en la última década y media con nulos resultados en calidad, prueba que sólo inyectar más recursos no resolverá nada. Y el gobierno lo sabe. ¿Por qué la insistencia en subir impuestos entonces? Simple: porque con ello la clase política -gobierno y oposición- se lanza un salvavidas a sí misma. Pues es mucho más fácil decir que falta dinero y atribuir a una entidad tan ficticia como impersonal -las empresas- la capacidad de proveer ese dinero, que hacer las reformas de fondo necesarias para resolver el problema. Son demasiados los intereses creados, los grupos de presión y el costo político. Mejor el atajo de aplauso fácil que sirve para la próxima elección.

Pero, además, el impuesto a las empresas terminará recayendo sobre los más pobres. Esto es algo que la izquierda, con su fe ilimitada en el Estado, no tiene por qué entender. Pero la derecha lo sabe perfectamente. Quienes gobiernan han leído toneladas de evidencia que prueban que más impuestos a las empresas reducen la inversión, aumentan el desempleo, bajan la productividad y suben los precios de bienes y servicios. He ahí la gran inmoralidad del gobierno. Pues si al menos existiera una alta probabilidad de que se mejore la situación de millones de personas subiendo los impuestos, tal vez valdría la pena tolerar una mayor agresión de los políticos sobre nuestra libertad y propiedad. Lamentablemente, todo indica lo contrario: que poco o nada se arreglará en educación y que los más desaventajados serán, como de costumbre, las principales víctimas de esta demagogia patrocinada por el gobierno.

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