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La falacia de la inclusión social

ALFREDO BULLARD

La inclusión social esta de moda, y lo malo de los términos de moda es que se usan para justificar casi cualquier cosa. Varios conceptos hermanos como “justicia social”, "democracia social” o “propiedad social” sirvieron de base para crear verdaderos esperpentos que destruyeron las bases de nuestra sociedad.

Así, creo que el término “inclusión social” es un término que suena bien pero que funciona mal, y que se acuña para generar un prejuicio: el que los mercados son excluyentes y que, por tanto, alguien tiene que corregirlo. Y ese alguien es el Estado.
Pero, como veremos, los mercados no son excluyentes. Los verdaderos mercados, los libres, (no los mercas o aquellos en los que el Estado reparte privilegios), son inclusivos.

Hayek decía que habían palabras envenenadas que tenían el mérito de convertir a otras palabras en precisamente su antónimo. Justicia social es precisamente lo contrario a justicia, porque significa no dar a cada quien lo suyo. Hablar de derechos sociales es la negación del concepto de derecho subjetivo individual, pues son justificaciones para limitar el ámbito de acción libre de la persona. Democracia social es una forma de justificar estructuras totalitarias basadas en un populismo autoritario que supuestamente se basa en el apoyo de las masas. Igualdad social es crear estructuras que justifican asignar derechos distintos a los ciudadanos en perjuicio de los derechos de otros, creando desigualdad. Propiedad social no es sino decir que no existe propiedad.

Creo que el término “inclusión social” en realidad crea una estructura excluyente, que trata a los ciudadanos como de distintas categorías (como si hubiera algunos excluidos por definición) y que justifica la creación de mecanismos que dan una gran discrecionalidad a quienes se encargan llevar a cabo labores de “inclusión”. Genera clientelismo político y dependencia populista, lo que conduce finalmente a alienación de los grupos a los que supuestamente se quiere incluir. Miremos el ejemplo de la Venezuela de Chávez. Más claro ni el agua. Eso no es inclusión social. Es precisamente lo contrario.
Una sociedad de ciudadanos libres y responsables (como la que crean los verdaderos mercados libres) es inclusiva. Lo inclusivo viene de la propia interacción y del desarrollo de las propias capacidades. En esa sociedad se protege la igualdad realmente relevante: la igualdad ante la ley.

Un término igualmente excluyente y tendencioso como “inclusión social” es el de “chorreo”, usado despectivamente en el Perú en los últimos años, para describir como, supuestamente, los mercados y la libertad económica generarían una falsa inclusión, una inclusión a cuenta gotas.
Según este término la riqueza de la que se apropian los más ricos “chorrearía”, se “rebalsaría” hacia los más pobres si teníamos un poco de paciencia y esperábamos que en el largo plazo el modelo económico funcionara. El desarrollo se distribuye así “por chorrero” como la mesa se moja cuando el vaso se derrama al estar muy lleno.
Noten lo despectivo y manipulador de la figura. Para que los pobres mejoren hay que esperar que los ricos sean muy ricos para que los pobres se alimenten de las migas que caen de la mesa cuando se rebalsa la riqueza. El desarrollo económico es dibujado como “migajero”.

Esa visión parte de un error conceptual muy serio. Se asimila la inclusión a un proceso en el que la riqueza de derrama. El error es el creer que la riqueza solo se distribuye y si alguien es menos pobre es por que otro es menos rico. La riqueza es un stock existente. Si alguien es rico es por que le quito a alguien que quedo más pobre. Se ven los mercados como un juego de suma cero donde la riqueza existente solo puede ser distribuida.

Pero el mercado es un juego win-win, donde ambas partes ganan de la interacción sin necesidad que uno se haga más pobre para que otro se haga más rico, sino por el contrario para que ambos se enriquezcan. Si trabajo en una fabrica mejoro mi situación en relación a cuando estaba desempleado, y el dueño de la fábrica mejora por que tiene una fuerza de trabajo que aumenta su productividad. Y no es que este chorreando del más rico al más pobre. Ambos están produciendo más riqueza en la interacción y lo que recibe el trabajador no es por que le chorreo, sino por que esta generando él mismo productividad.

Esto tiene que ver con los incentivos microeconómicos de los que hablaba en un post anterior (El comandante en su laberinto: atrapado entre lo macro y lo micro. Publicado el 4 de setiembre del 2011). Las reglas, y no la repartija, son lo que crean auténtica inclusión. Los mercados funcionan como el milagro de la repartición de los panes y los peces. Hacen que la riqueza crezca. Los que creen en la inclusión social como política no tienen fe, no creen en esos milagros.

Perú ha sido en la última década el país más exitoso de la región en reducir la pobreza. Los programas sociales “inclusivos” han hecho muy poco. La inclusión se ha producido por el aumento de la productividad generada por una mayor interacción al reforzase las libertades económicas. No hay chorreo, hay aumento de productividad. En un juego win-win no chorrea de un lado para otro. Ambas lados están generando mayor riqueza. Es increíble como en el país en el que se han dado los efectos inclusivos más notorios, se hable de que hemos fracasado en ser inclusivos.
La verdadera inclusión se da con el reconocimiento de derechos individuales iguales a las personas. Son las libertades las que permiten la interacción y es la interacción la verdadera forma de inclusión.

Esto me conduce a la segunda parte de la pregunta: ¿Se justifica que alguien haga esfuerzos de inclusión? ¿Es parte del rol del Estado?
Proteger los derechos es una forma, la más importante, de inclusión. Y ese es un rol del Estado. En ello debe concentrar sus recursos, protegiendo al individuo, dándole seguridad, protegiendo la propiedad y haciendo cumplir los contratos. Dar los mismos derechos y proteger la igualdad ante la ley, es el punto de partida. Sin ello el sistema crea exclusión por que destruye las oportunidades de quienes no pueden corromper o acceder al tarjetazo.

¿Debe haber apoyo y ayuda a los más necesitados? Creo que si, pero como iniciativa individual y no como algo forzado autoritariamente por el Estado.
Un interesante trabajo de George Priest muestra, primero, que la filantropía privada ha sido una herramienta mucho más eficaz y efectiva para llevar bienestar que los sistemas estatales que fuerzan a ser solidarios por medio de impuestos (“solidaridad forzada” es una contradicción en términos). Demuestra que hay más recursos y mejor usados por filantropía a entidades privadas, que los programas sociales creados con impuestos.
Pero incluso si aceptáramos que parte de los impuestos deben de ir a programas sociales (educación, nutrición, salud, etc), es mucho mejor crear esquemas de tributación competitiva, donde cada quien decide donde entregar sus impuestos (pueden ser instituciones privadas por medio de considerar dichas donaciones como pago a cuenta de impuestos) y crear estructuras mucho más eficientes de apoyo dejando que las decisiones individuales orienten los recursos a mejores usos.

Por ejemplo si en lugar de usar un ente estatal como el PRONAA para alimentar a niños pobres, tuvieras diversas entidades privadas que usen los impuestos entregados directamente por decisión de los contribuyentes que pueden escoger, los incentivos harán mucho menos probable tener un caso de envenenamiento como el que ocurrió, habría un mejor uso de recurso (se calcula que en los programas sociales públicos, solo entre un 40 a 25% de los recursos llegan realmente a los beneficiarios, el resto se lo come la ineficiencia de la burocracia). Si esos programas fueran privados y se conociera sus resultados negativos, nadie les donaría y la presión competitiva los sacaría del mercado. Ello generaría presiones a una gestión adecuada.

La crisis económica que se avecina es creada por esos falsos programas de “inclusión social”. El caso de Europa es patético pero ilustrativo. Muchas veces me dicen, cuando planteó la importancia de la libertad y la reducción del rol del Estado, que debo mirar a Europa y sus economías de bienestar. Pero allí esta la crisis creada por programas que conducen a gastar lo que no se tiene y vivir el espejismo de una vida que la productividad real no permite pagar. El resultado va a ser más duro con los más pobres. España, Portugal y Grecia son ejemplos ilustrativos del problema. Y Estados Unidos no se queda atrás con sus programas de welfare mentiroso que en realidad termina afectando más a quienes debería beneficiar.
La inclusión social es de esas cosas que suenan bien, pero terminan mal.

Tomado de semanaeconomica.com



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