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Por qué fracasa América Latina

banderaslatinasMARIO VARGAS LLOSA

Cuando llegué a España en el año 58 era frase bastante corriente escuchar: "Los españoles no estamos preparados para la democracia. Si aquí desapareciera Franco, esto sería el caos, quizás nuevamente la guerra civil". Y sin embargo no ha sido así. Cayó la dictadura, vino una transición admirable, ejemplar, hacia la democracia, y la democracia ha tenido éxito. Ha habido consensos entre las fuerzas políticas que han dado estabilidad al país, lo que ha permitido a la democracia española resistir los intentos involucionistas, golpistas, y yo diría que sin triunfalismos de ninguna especie. Nadie puede negar que España es la historia feliz de los tiempos modernos, lo cual se debe en cierta forma a la inmensa mayoría de los españoles, de muy distintas convicciones políticas, que han sido capaces de actuar civilizadamente, estableciendo justamente ese denominador común que hace que las instituciones funcionen y que un país crezca.

¿Por qué en América Latina no hay un clima así? ¿Por qué nuestros intentos de modernización una y otra vez fracasan? Creo que la idea del desarrollo, del progreso de la civilización, tiene que ser simultáneamente económica, política, cultural y, aquí empleo una palabra que a muchos va a pararles las orejas, ética o moral. En América Latina, la inmensa mayoría de la gente tiene una falta total de confianza en las instituciones, y esta es una de las razones por las que nuestras instituciones fracasan. Las instituciones no pueden funcionar en un país si la gente no cree en ellas; si, por el contrario, las ve con una desconfianza fundamental y no las considera una garantía de seguridad, de justicia, sino exactamente de todo lo contrario.

Dejen que les cuente una anécdota personal. Cuando ya llevaba un tiempo viviendo en Inglaterra, de pronto me di cuenta de que me ocurría algo curioso, y es que no me ponía nervioso cuando me cruzaba con un policía. Hasta entonces, a mí siempre me había pasado que, frente a un policía, sentía cierto nerviosismo, como si ese policía de alguna manera representara potencialmente un peligro. Los policías en Inglaterra no me produjeron jamás ese sentimiento de recelo, de secreta inquietud. No iban armados. O simplemente era que los policías ingleses parecían prestar un servicio público y no estar allí para aprovecharse de ese pequeño poder que les daba el uniforme, el palo o la pistola que llevaran encima (los que la llevaran). En el Perú y en la mayor parte de los países de América Latina, los ciudadanos tienen razón de sentirse alarmados, inquietos, cuando se cruzan con un uniformado, porque hay muchas posibilidades de que el uniformado utilice el uniforme no para defenderles, sino para esquilmarles. Esto que ocurre con los policías ocurre también con las demás instituciones.

Tales ejemplos al final crean un estado de cosas en el que las instituciones, simplemente, no pueden funcionar, porque no están sostenidas o respaldadas por aquello que es fundamental en una sociedad democrática: la confianza de la ciudadanía, la convicción de que esas instituciones están ahí para garantizar la seguridad, la justicia, la civilización.

Esta es una de las razones por las que las reformas que se han hecho en América Latina han fracasado una y otra vez. Paulo Rabello, de Brasil, decía que las gentes que han votado por millones por Lula no han votado, en su mayoría, por el socialismo; han votado por algo diferente a lo que tienen, y eso diferente lo ha conseguido encarnar a través del carisma o la demagogia. Es lo mismo que ha pasado, por ejemplo, en Venezuela: este país, que potencialmente es riquísimo, que debería tener uno de los niveles de vida más altos del mundo, se debate en una crisis atroz y tiene al frente del gobierno a un gran demagogo, que puede realmente destruir a la propia Venezuela. Y sin embargo no es casual que el comandante Chávez esté en el poder: ha llegado a él con el voto de una gran mayoría de venezolanos totalmente disgustados y asqueados de la democracia que tenían, una democracia que lo era sólo de nombre, y a la sombra de la cual la corrupción imperó de una manera realmente vertiginosa, eliminando las posibilidades de una inmensa mayoría de venezolanos de cumplir sus expectativas, sus sueños, y enriqueciendo pavorosamente a unas pequeñas, ínfimas, minorías unidas con el poder.

En ese contexto, las reformas liberales que nosotros defendemos, que nosotros promovemos, que nosotros sabemos son eficaces para desarrollar un país, ¿cómo pueden funcionar? Una reforma mal hecha es muchas veces peor que una falta total de reformas, y en este sentido el caso del Perú es ejemplar. Nosotros, durante la dictadura de Fujimori y Montesinos, entre 1990 y el año 2000, tuvimos aparentemente reformas liberales radicales, se privatizó más que en ningún otro país de América Latina. ¿Y cómo se privatizó? Se privatizó transfiriendo monopolios públicos a monopolios privados. ¿Para qué se privatizó? No para lo que se debe privatizar, según creemos nosotros, los liberales: para que haya competencia y para que la competencia mejore los productos y los servicios y baje los precios, y para diseminar la propiedad privada entre quienes no son propietarios, como se ha hecho en las democracias occidentales más avanzadas; como se hizo, por ejemplo, en Gran Bretaña, donde la privatización sirvió para difundir la propiedad privada enormemente entre los usuarios y entre los empleados de las empresas privatizadas. No: se hizo para enriquecer a determinados intereses particulares, empresarios, compañías, o a los propios detentadores del poder.

¿Cómo pueden los peruanos creernos cuando les decimos que la privatización es indispensable para que un país se desarrolle, si la privatización para ellos ha significado que los ministros del señor Fujimori se enriquecieran extraordinariamente, que las compañías de los ministros y asociados del señor Fujimori fueran las únicas que tuvieran beneficios extraordinarios en esos años de dictadura? Por eso cuando los demagogos dicen: "La catástrofe del Perú, la catástrofe de América Latina son los neoliberales", esas gentes esquilmadas, engañadas, les creen, y como necesitan un chivo expiatorio, alguien a quien hacer responsable de lo mal que les va, pues entonces nos odian a nosotros, los "neoliberales".

El gobierno de Toledo intentó privatizar unas empresas en la ciudad donde yo nací, en Arequipa, y el pueblo arequipeño salió en masa, levantó los adoquines, llenó las calles de barricadas e impidió la privatización. Si uno mira las cifras en el papel, es algo insensato, algo absolutamente demencial. Las empresas privatizadas no servían para nada, no cumplían en absoluto con la función que les estaba encomendada y eran una rémora para el país, para el estado, es decir, para los pobres peruanos, y las empresas que habían ganado la licitación, unas empresas belgas, iban a inyectar un capital fresco, iban a instalarse en Arequipa. Habían, además, ofrecido una serie de inversiones colaterales, iban a beneficiar muchísimo a esta ciudad, y nada de eso fue creído por gentes profundamente decepcionadas por esos diez años de supuesto liberalismo radical que vivió el país con Fujimori.

Bueno, eso es lo que ha pasado en la mayor parte de los países latinoamericanos. Esas reformas en el fondo no eran liberales, eran una caricatura de las reformas liberales. Pero eso lo sabemos nosotros, eso no lo saben unos públicos desinformados, unos públicos que, por lo general, están sumidos en una lucha feroz por la mera supervivencia; porque América Latina, y esto es algo que es muy triste decirlo, se ha empobrecido tremendamente en las últimas décadas. Se ha empobrecido, en el caso de algunos países, de una manera verdaderamente pavorosa.

Yo estuve a fines del año pasado haciendo un recorrido por lo que se llama el Trapecio Andino del Perú, la parte de Ayacucho, una zona tremendamente maltratada en la época del terrorismo y tradicionalmente muy pobre. Yo la había recorrido mucho entre 1987 y 1990, y salí verdaderamente espantado del empobrecimiento que había experimentado esa región, por pobre o misérrima que yo la recordaba. Estaba muchísimo peor. Y esa región se empobrecía como se empobrecía el resto del Perú, mientras un puñadito de bandidos, de gángsteres encaramados en el poder, se enriquecían vertiginosamente.

Entonces, cuando hablamos nosotros del desarrollo, no podemos poner el foco en una serie de reformas económicas que van a poner en marcha el aparato productivo de un país, que van a hacer aumentar las exportaciones y permitir a la economía en cuestión entrar por fin en un proceso de modernización. No: el desarrollo que nosotros necesitamos tiene que ser un desarrollo simultáneo, un desarrollo que al mismo tiempo que mejore nuestros índices de crecimiento y producción haga funcionar las instituciones que hoy en día no funcionan, para que éstas puedan ganar credibilidad y ser dignas de confianza, que es lo que hace que las instituciones funcionen en una sociedad democrática. Eso no existe en América Latina, y ésta es una de las razones por las que fracasan las reformas económicas, incluso cuando están bien orientadas.

Carlos Alberto Montaner decía una cosa que a mí me parece muy exacta. Tenemos que adecentar un poco la política. No es posible que unos países se desarrollen si quienes los gobiernan, o quienes tienen las responsabilidades políticas, son Alemán (Nicaragua), Chávez (Venezuela), Fujimori (Perú), verdaderos gángsteres, auténticos bandidos que entran al gobierno como entra un ladrón a una casa a robar, a saquear, a enriquecerse de la manera más cínica, más rápida posible. ¿Cómo va a ser la política una actividad atractiva para las personas idealistas? Los jóvenes ven la política naturalmente con espanto, como un robo. Y la única manera de adecentar la política pasa por llevar a la política gentes decentes, gentes que no roben, gentes que hagan lo que dicen que van a hacer, que no mientan o que mientan poco, lo inevitable.

Me han preguntado muchas veces: "¿A quién admira usted en América Latina?". Y siempre cito a la misma persona, una persona que, me temo, muchos de ustedes no han oído nombrar o han ya olvidado: Alfredo Cristiani, presidente de El Salvador entre 1989 y 94.

Cristiani es una persona a la que yo admiro mucho. Y no es un político, sino un empresario; un empresario que decidió entrar en política en un momento terrible, trágico, cuando el ejército y las guerrillas se mataban en las calles de San Salvador y los muertos, los desaparecidos, los torturados eran incontables. Pues en ese momento el señor Cristiani, un empresario, un hombre fundamentalmente decente, nada carismático, nada del típico hombre fuerte latinoamericano, mal orador, decide entrar en política; y entra y gana las elecciones y el gobierno. Y gobierna de una manera discreta, de una manera nada carismática, y deja el país mejor de lo que lo encontró.

Esto parece muy poca cosa, pero, en realidad, fue una hazaña casi única. Cuando Cristiani entró en el gobierno se mataban en las calles de San Salvador, los muertos eran innumerables; cuando él salió, las guerrillas y el gobierno habían firmado la paz, los guerrilleros se presentaban a elecciones y pedían los votos del público y participaban en la vida parlamentaria. Y desde entonces hay paz en El Salvador. Un país que, como lo contó bien Carlos Alberto Montaner, es un país que progresa, despacito pero de verdad, es decir, en muchas direcciones a la vez.

Bueno, pues eso es lo que necesitamos en América Latina; no sólo buenos economistas que digan: éstas son las reformas que hay que hacer; necesitamos que gentes decentes como el señor Cristiani, empresarios, profesionales, decidan entrar en política para adecentar esa actividad, que por desgracia entre nosotros ha sido fundamentalmente sucia, inmoral, corrupta.

La cultura es otro aspecto fundamental del desarrollo. La cultura, por desgracia, en América Latina, con algunas excepciones, es un privilegio de las minorías, y en algunos sitios de muy escasas minorías. América Latina tiene una gran creatividad, ha producido músicos, artistas, poetas, escritores, pensadores, pero la verdad es que en la mayoría de nuestros países la cultura es un monopolio de minorías insignificantes y está prácticamente fuera del alcance de la mayoría. Sobre esas bases no se puede construir una democracia genuina, instituciones que funcionen, y no se pueden hacer reformas liberales que dejen los resultados productivos y creativos que deberían dejar.

Hay una falta de conciencia terrible de todo esto. La cultura todavía es considerada por quienes piensan que existe como un mundo, un pasatiempo, una forma elevada del ocio, y no como lo que es, una herramienta fundamental para que una mujer o para que un hombre tomen las decisiones acertadas en su vida familiar, en su vida personal, en su vida profesional y, sobre todo, a la hora de elegir a sus representantes políticos.

La cultura defiende contra la demagogia, defiende contra la equivocación terrible de elegir mal en unas elecciones. En este campo, por desgracia, no se hace casi nada; y quizás debería decir, con un sentido de autocrítica, que no hacemos casi nada. Estos institutos liberales tan útiles, tan idealistas... y sin embargo la cultura es la menor de sus prioridades. Ése es un error, un gravísimo error. La cultura es fundamental, porque la cultura ayuda a crear esos consensos que han permitido florecer a España y a Chile.

Yo quisiera hablar de Chile un momento por unas cosas que dijo Hernán Büchi, mi amigo, una persona inteligente, una persona que hizo como ministro en Chile unas reformas admirables y que funcionaron. El de Chile es un caso único en la historia de América Latina, y un caso único porque una dictadura militar como era la de Pinochet tuvo éxitos económicos. Permitió que unos economistas liberales hicieran unas reformas bien concebidas y que funcionaran. Me alegro mucho por Chile, que es un país que yo menciono siempre. Pero es un ejemplo que tenemos que citar haciendo toda clase de advertencias; y la primera y fundamental es que, para un liberal, una dictadura no es nunca, en ningún caso, justificable. Esto es muy importante decirlo y repetirlo. Ahí hubo un accidente bienhechor: qué suerte para Chile. Pero hay muchos latinoamericanos que quieren convertir ese accidente en un modelo, y todavía nos repiten que lo que nos hace falta para desarrollarnos es un Pinochet. En buena parte, la popularidad de Fujimori se debió a que muchos vieron en él el Pinochet peruano.

Pues no. Hay accidentes en la historia, pero si en la historia latinoamericana hay una constante es ésta: las dictaduras jamás han sido una solución para los problemas latinoamericanos; y todas ellas, con la sola excepción de la de Pinochet, han contribuido a agravar los problemas que decían venir a solucionar: la corrupción, el atraso, el debilitamiento o colapso de las instituciones. Han contribuido más que nada a crear ese cinismo político que es una de las características más generalizadas en América Latina: la política, entiende una inmensa mayoría de latinoamericanos, es el arte de enriquecerse, es el arte de robar. Y lo creen así porque ha sido ésa la verdad, en buena parte de nuestra historia, por culpa de las dictaduras.

Creo que es muy importante que los liberales, que es lo que se supone que somos nosotros, coordinen sus acciones, intercambien información en este momento de la historia en que, curiosamente, el liberalismo es víctima de muchos malentendidos y ha pasado a ser para muchas personas –algunas de las cuales obran de muy buena fe- un gran enemigo del progreso, de la justicia. Ha pasado a ser sinónimo de explotación, codicia, indiferencia, cinismo ante el espectáculo de la miseria y la discriminación, algo que nosotros sabemos es no sólo inexacto, sino una monstruosa injusticia, pues el liberalismo es una doctrina, una filosofía que está detrás de todos los avances políticos, económicos, culturales que ha experimentado la humanidad.

El liberalismo es una tradición que hay que defender no sólo como homenaje a la verdad, sino porque vivimos un momento difícil de la historia en el que ese progreso y esa civilización están amenazados.

Este texto, basado en el discurso que pronunció Mario Vargas Llosa en Madrid en octubre de 2002 con motivo del lanzamiento de la Fundación Internacional para la Libertad, fue publicado en inglés en el Cato Policy Report de enero-febrero de 2003.

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