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La bazuca que no mata

ÁLVARO VARGAS LLOSA

Ben Bernanke, el jefe del banco central norteamericano y el hombre más poderoso del mundo, acaba de hacer lo que, en vista de que la reanimación económica no llega, tanto le pedían: disparar la bazuca. Lo hizo poco después de que Mario Draghi, su par europeo, disparara, altamente presionado por Bernanke, la suya propia.

Disparar una bazuca, en estos tiempos anémicos, significa imprimir inenarrables cantidades de dinero. De acuerdo con esta visión, lo que se habían disparado hasta ahora eran pistolitas de agua. Faltaba el bazucazo. Desde Europa, Draghi dijo que comprará deuda de gobiernos europeos sin límite definido; desde la otra orilla, Bernanke dijo que comprará, también sin límite definido, papeles vinculados a deuda hipotecaria.

Lo cierto es que estos bazucazos no resolverán nada... y traerán problemas más adelante. La verdadera reanimación económica –en lugar del efecto eufórico inmediato, reflejado en las Bolsas y los titulares— depende de factores ajenos al bazucazo monetario. Los últimos cuatro años son la mejor prueba. Y hay antecedentes igualmente definitivos, empezando por la Gran Depresión de los años 30.

Lo que los bancos centrales habían hecho antes de los anuncios y en lo que va de esta crisis es cualquier cosa menos una pistolita de agua. El norteamericano había ya triplicado su balance (el balance del banco central aumenta cuando imprime dinero), el europeo lo había duplicado y el británico lo había cuadruplicado. Los bazucazos, pues, ya se habían disparado mucho antes. El resultado –y la prueba está precisamente en haber tenido que anunciar una nueva impresión indefinida de dinero— ha sido pésimo: Europa en recesión y Estados Unidos en semi recesión.

La teoría de los bancos centrales era que si creaban todo este dinero los bancos lo prestarían a las familias y las empresas, que a su vez lo gastarían o invertirían, tonificando la economía. Pero los bancos han preferido guardar ese dinero como parte de sus reservas. Esto se ve clarísimamente en el banco central estadounidense, donde las reservas que están por encima del mínimo exigido por ley suman poco menos de 1.5 billones de dólares. En el medio siglo precedente, habían sumado casi cero.

Nada de eso estimuló el crédito porque los bancos no prestan en función de cuántas reservas tengan acumuladas por encima del mínimo legal. De hecho, la burbuja se debió al exceso de crédito en la economía y, como hemos visto, casi no había entonces reservas por encima del mínimo exigido por ley.

Estados Unidos y Europa están hastiados de tanto crédito acumulado antes de la crisis. En Estados Unidos, el crédito total suma como 55 billones de dólares, más de tres veces el tamaño total de la economía. Las familias tienen mucho miedo, por ahora, a tomar prestado, las empresas a invertir y los bancos a prestar. Están todos tratando de curarse el mal de crédito antes de animarse a seguir pidiéndolo y dándolo. Ningún bazucazo monetario cambiará eso. Del mismo modo que, en Europa, ningún bazucazo resolverá el problema de la recesión y del exceso de endeudamiento de los gobiernos, por más que en el corto plazo el anuncio de Draghi haya tenido el efecto de subir las Bolsas y bajar un poco la prima de riesgo española.

Uno pensaría que un estudioso de la Gran Depresión como Bernanke sabría todo esto, pues algo parecido ocurrió allí. En respuesta al Crack de 1929 y su secuela, el gobierno de entonces imprimió dinero. Entre 1931 y 1933, la base monetaria (la suma de billetes y reservas de los bancos) creció casi un 25 por ciento. La idea era que los bancos prestaran dinero para reanimar las cosas. Pero ni la gente pidió dinero, ni los bancos lo prestaron. La depresión duró hasta los años 40. Pues bien: a lo largo de esa década, las reservas de los bancos por encima del mínimo exigido se multiplicaron 44 veces (pasando de 150 millones a 6,800 millones aproximadamente). Bazucazo donde los haya. A pesar de eso, la depresión siguió su curso.

En el mejor de los casos, toda esa inyección de dinero no sirvió para nada. En el peor –y es lo probabe-, prolongó la depresión.

La pregunta, hoy, es qué pasará con todo el dinero artificialmente creado que yace inactivo cuando la gente se anime a pedirlo, las empresas a invertirlo y los bancos a prestarlo. A menos que para entonces los bancos centrales tengan los cojones de retirar el dinero de circulación y soporten ser acusados de provocar con ello una nueva recesión, podemos esperar... la madre de todas las inflaciones.

Lo que no significa que no se sienta ya, en ciertos lugares, un efecto inflacionario. Las Bolsas suben, la propiedad inmobiliaria empieza a hacerlo también y los metales preciosos no paran de hacerse más preciosos.

Tomado de eldiarioexterior.com



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