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Recetas mágicas

EDUARDO BOWLES 

Cada tanto aparece en Bolivia una “receta mágica” capaz de solucionar problemas que arrastra el país desde mucho antes de su nacimiento. Son como lámparas, cuyos “genios” –los infaltables vendedores de mentiras-, ofrecen frotar para hacer emerger las acciones, las decisiones, las actitudes y las voluntades que jamás se han hecho presentes durante casi 200 años. Justamente el Censo de Población y Vivienda es una de esas fórmulas maravillosas, que en boca de nuestros políticos de plazuela, es la respuesta a la pobreza, a la injusticia, el centralismo y otros viejos males bolivianos.

Lo mismo ha pasado con muchas grandes propuestas nacionales. La capitalización y su antítesis, la nacionalización; la constituyente, la reforma judicial, la autonomía y el “proceso de cambio”, en su momento han sido las panaceas prodigiosas para un pueblo confundido y siempre ávido de alguna varita mágica, algún caudillo o mesías que llegue de algún lado para transformarnos, cuando menos en Suiza. Así de literal ha sido el discurso engañoso que no han mandado a tragar.

Terminando el Censo, ya surgen las arengas de los dirigenzuelos de siempre, atribuyendo al simple conteo poblacional la posibilidad de redefinir el mapa político nacional, como si dependiera de aquello la correlación de fuerzas. De qué le podría servir a Santa Cruz uno, dos o tres diputados más en una Asamblea Plurinacional que no funciona como tal, donde los oficialistas son meros instrumentos del Ejecutivo y los opositores navegan en la indeterminación, las dudas y sobre todo, las sospechas de funcionalidad hacia el régimen que cada día arremete con mayor fuerza contra la democracia y el pluralismo.

Se vende la idea de que a mayor población, más recursos y por supuesto, más soluciones. Que diga la Gobernación de Santa Cruz cuántos médicos y enfermeras le adeuda el centralismo para cubrir las necesidades de los hospitales. Que diga también cuántos recursos le ha cercenado el centralismo en los últimos años y cuántas cargas le ha sumado a sus responsabilidades, sin transferir ni un solo centavo. Mientras el Gobierno central lo siga acaparando todo y nuestras autoridades locales continúen cediendo el terreno de la autonomía conquistada, es muy poco a lo que se puede aspirar.

La gente del área rural se esforzó mucho para hacer fraude y sumar gente a sus comunidades en el empadronamiento. Los que inflan el cuello diciendo que el Censo servirá para planificar mejor, olvidan que en Bolivia nadie planifica, todo se hace al calor político, en función de caprichos caudillistas y como mejor le parezca a los mandamases de turno. Cuando mucho, los alcaldes de los pueblos alejados tendrán un excedente para construir una canchita de fútbol o para comprar una camioneta para el Municipio.

En ningún momento se plantea el Censo como un mecanismo para profundizar la democracia, para empoderar a la gente, enfatizar en la descentralización y la autonomía como formas para administrar mejor los recursos. Todo se lo mira con una lógica funcionaria, una manera de pensar que no ha cambiado en el país y que coloca a las instancias estatales en la categoría de “aladinos” que harán brotar escuelas, clínicas y fábricas con unos simples resultados estadísticos. Hay recetas, claro que sí. Pero no surgen de la noche a la mañana. Nadie ha pensado, por ejemplo, en la revolución que puede provocar en Bolivia una apuesta masiva por la educación. Ese es un resultado que va a aparecer en el Censo, pero nadie quiere verlo.

Cada tanto aparece en Bolivia una “receta mágica” capaz de solucionar problemas que arrastra el país desde mucho antes de su nacimiento. Son como lámparas, cuyos “genios” –los infaltables vendedores de mentiras-, ofrecen frotar para hacer emerger las acciones, las decisiones, las actitudes y las voluntades que jamás se han hecho presentes durante casi 200 años. Justamente el Censo de Población y Vivienda es una de esas fórmulas maravillosas, que en boca de nuestros políticos de plazuela, es la respuesta a la pobreza, a la injusticia, el centralismo y otros viejos males bolivianos.

Lo mismo ha pasado con muchas grandes propuestas nacionales. La capitalización y su antítesis, la nacionalización; la constituyente, la reforma judicial, la autonomía y el “proceso de cambio”, en su momento han sido las panaceas prodigiosas para un pueblo confundido y siempre ávido de alguna varita mágica, algún caudillo o mesías que llegue de algún lado para transformarnos, cuando menos en Suiza. Así de literal ha sido el discurso engañoso que no han mandado a tragar.

Terminando el Censo, ya surgen las arengas de los dirigenzuelos de siempre, atribuyendo al simple conteo poblacional la posibilidad de redefinir el mapa político nacional, como si dependiera de aquello la correlación de fuerzas. De qué le podría servir a Santa Cruz uno, dos o tres diputados más en una Asamblea Plurinacional que no funciona como tal, donde los oficialistas son meros instrumentos del Ejecutivo y los opositores navegan en la indeterminación, las dudas y sobre todo, las sospechas de funcionalidad hacia el régimen que cada día arremete con mayor fuerza contra la democracia y el pluralismo.

Se vende la idea de que a mayor población, más recursos y por supuesto, más soluciones. Que diga la Gobernación de Santa Cruz cuántos médicos y enfermeras le adeuda el centralismo para cubrir las necesidades de los hospitales. Que diga también cuántos recursos le ha cercenado el centralismo en los últimos años y cuántas cargas le ha sumado a sus responsabilidades, sin transferir ni un solo centavo. Mientras el Gobierno central lo siga acaparando todo y nuestras autoridades locales continúen cediendo el terreno de la autonomía conquistada, es muy poco a lo que se puede aspirar.

La gente del área rural se esforzó mucho para hacer fraude y sumar gente a sus comunidades en el empadronamiento. Los que inflan el cuello diciendo que el Censo servirá para planificar mejor, olvidan que en Bolivia nadie planifica, todo se hace al calor político, en función de caprichos caudillistas y como mejor le parezca a los mandamases de turno. Cuando mucho, los alcaldes de los pueblos alejados tendrán un excedente para construir una canchita de fútbol o para comprar una camioneta para el Municipio.

En ningún momento se plantea el Censo como un mecanismo para profundizar la democracia, para empoderar a la gente, enfatizar en la descentralización y la autonomía como formas para administrar mejor los recursos. Todo se lo mira con una lógica funcionaria, una manera de pensar que no ha cambiado en el país y que coloca a las instancias estatales en la categoría de “aladinos” que harán brotar escuelas, clínicas y fábricas con unos simples resultados estadísticos. Hay recetas, claro que sí. Pero no surgen de la noche a la mañana. Nadie ha pensado, por ejemplo, en la revolución que puede provocar en Bolivia una apuesta masiva por la educación. Ese es un resultado que va a aparecer en el Censo, pero nadie quiere verlo.

Tomado de eldia.com.bo

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