Buscar en nuestras publicaciones:

Nostalgia de libros políticos

librALVARO VARGAS LLOSA

En el yermo intelectual que es la política latinoamericana, donde ni la izquierda ni la derecha parecen ya interesadas en la discusión ideológica, se echa en falta un esfuerzo por publicar libros sobre las grandes cuestiones. Nuestros políticos no acometen ideas y nuestros intelectuales no piensan acciones, por así decirlo.

Nuestros libros políticos suelen ser, de un tiempo a esta parte, biografías electoralistas o compilaciones de discursos vacuos. De vez en cuando, alguien pretende agitar el ambiente recuperando el valor de las ideas políticas -el más reciente intento es el libro del senador Novoa pidiendo a la derecha chilena sacudirse el complejo socialdemócrata-, pero en general se ha perdido fe en las ideas. El fenómeno no es sólo latinoamericano, sino universal. La política va siendo un esfuerzo no por cambiar las cosas, sino por evitar que ellas lo cambien a uno. La gestión puede resultar más o menos eficiente, pero Dios la libre de cualquier intento de ser, además, ilusionante. Será por eso que todos pretenden ser lo que no son. Ser un revolucionario comunista e invocar a Dios, vestir de civil y asumir la presidencia de un club de mayoría burguesa como la Celac se ha vuelto normal. Ser de derechas y subir impuestos es algo por lo que ya no se paga un precio. La política ha dejado de tener fronteras intelectuales. Ha pasado a ser confusión.

No siempre fue así. La política y las ideas, expuestas en libros influyentes, a veces deslumbrantes y a veces atroces, a veces refinados y a veces tribales en su apelación al instinto más primario, han ido casi siempre juntas.

Hay ejemplos que avasallan la memoria. Los más obvios son, probablemente, El manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, en un extremo del espectro y en el otro, Mi lucha, el breviario nazi publicado por Hitler en 1925. El primero, acaso mucho más que El capital, impulsó a la acción a millones de personas en pos de la emancipación proletaria que sería la culminación de la historia como producto del modo de producción capitalista. El segundo iba a ser un mero recuento del fallido “putsch” nazi de 1923 y acabó siendo el alegato de Hitler contra los judíos y los comunistas y a favor de la búsqueda de espacio vital para Alemania.

Los libros con vocación ideológica no sólo informaron las acciones en el campo del totalitarismo sanguinario: también en el de la democracia liberal. Entre los más influyentes del siglo XX -lo mismo entre gente que ni siquiera los leyó que entre los conocedores- estuvo La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de J.M. Keynes. Su ascendiente, abrumador en los años 50 y 60 del siglo pasado, ha resultado tan perdurable que la respuesta de Occidente y Oriente a la crisis de 2008 ha estado, en gran parte, basada en él.

La idea de Keynes de que lo determinante en el nivel de actividad económica es la demanda agregada y ella requiere ser estimulada desde el Fisco y el Banco Central, para morigerar los efectos recesivos en el empleo, fue tan poderosa que colonizó tanto a la izquierda como a la derecha. Enterró por muchos años la vieja idea de Jean-Baptiste Say, el economista liberal francés del siglo 19, de que la oferta crea su propia demanda, sustituyéndola por el intervencionismo como solución a la ausencia de demanda agregada suficiente. Se dijo de Keynes que con ese libro había “salvado al capitalismo”.

La gran respuesta vino desde el liberalismo, pero tardó muchos años en abrirse paso. La Escuela Austriaca, especialmente por medio de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, opuso a las tesis keynesianas la idea de que los ciclos económicos son causados por el intervencionismo y, en consecuencia, no puede ser el expansionismo fiscal y monetario el que corrija las recesiones. Pero no fue en ese campo, precisamente, sino en el escenario más general de la economía política, donde uno de ellos, Hayek, logró impacto mundial. Lo tuvo con un libro que en apariencia es uno de los menores de su obra, Camino de servidumbre, publicado en 1944. En ese texto, que vio la luz en Londres y en Estados Unidos, el pensador austríaco desmitificó la idea de que el fascismo era la reacción contra el comunismo y, por tanto, ambos representaban una antinomia ideológica. Todos los totalitarismos, sostuvo, tienen en la planificación central una raíz común. Prolongación natural de esa idea fue su noción de que la libertad económica resulta esencial para la preservación de la libertad política. No hay líder en la Europa central que se desembarazó del comunismo que no haya tenido como libro de cabecera, décadas después de editado, esa breve apología liberal.

El otro gran adversario de Keynes, aún más famoso que Hayek, fue Milton Friedman. Muchos de sus libros fueron determinantes para la revolución reaganiana que arrancó en 1981, incluyendo, por ejemplo, Capitalismo y libertad, que se había editado un par de décadas antes. Pero el que llegó a un público más amplio fue Free To Choose. El origen estuvo en una serie de televisión -irónicamente difundida en la televisión pública- que Milton y Rose Friedman convirtieron en texto impreso. Aplicando los principios liberales a todas las áreas de la esfera estatal, Friedman expuso la idea de que la libertad individual, traducida en libertad de elección, podía resolver problemas que el Estado de entonces creía su dominio. Las propuestas de Free To Choose dieron forma definitiva a lo que en ese momento era todavía un estado de ánimo y nociones algo difusas en la derecha estadounidense, colocando la izquierda a la defensiva. Aunque Reagan no llegó a practicar la mayor parte de ellas, las propuestas fijaron un paradigma contra el cual conservadores y libertarios miden aún a aquel o aquella que pretende capitanearlos.

La réplica de la izquierda (más bien dúplica, como en La Haya) debió esperar hasta la década de los 90, pasado el vendaval de los 80. No vino como reafirmación de los principios marxistas ni como relectura de Keynes. Este último seguía vigente, pero la estanflación de los 70 y el renacimiento económico de los 80 con Reagan y Thatcher habían mermado el prestigio de su acervo. La respuesta llegó, desde Londres, con la publicación de un texto que fue el referente ideológico de la era de Tony Blair y Bill Clinton: La tercera vía, el libro de Anthony Giddens publicado en 1998. Había habido otros esfuerzos de recuperación intelectual de la izquierda en el mundo anglosajón y de estímulo al surgimiento de un nuevo laborismo británico, especialmente el realizado por Will Hutton. En The State We Are In, Hutton había hecho la crítica del nuevo capitalismo y reivindicado a la socialdemocracia. Pero Giddens fue quien logró la influencia internacional gracias a que Tony Blair lo adoptó como ideólogo. En realidad se trataba de una aceptación del éxito del capitalismo en los años precedentes, porque el socialismo que proponía Giddens no propugnaba revertir las reformas, por ejemplo, las privatizaciones, de la era thatcheriana. Más bien, buscaba una fórmula para compatibilizar al mercado con un cierto sentido de comunidad en los tiempos de la globalización. El medio ambiente, la gran causa de la nueva izquierda, ya figuraba poderosamente allí. La influencia de la “tercera vía” se sintió en América Latina, donde varios gobiernos, desde los períodos de la Concertación chilena hasta el Brasil de Lula y Dilma, han sido ramificaciones de ese tronco internacional.

También en otras lenguas la política tuvo que ver con los libros. Aunque no alcanzaron la misma repercusión mundial que sus pares anglosajones, en su propio ámbito ciertos intelectuales publicaron libros transformadores. Francia fue, en Europa, el epicentro del debate político de ideas. El opio de los intelectuales, de Raymond Aron, se erigió, en 1955, como impugnación contra una tradición de pensamiento con fuerte impronta marxista. Aron, en cierta forma, representó para la Francia del general Charles de Gaulle y la V República lo que Friedman para el reaganismo (aún así tuvo muchos desencuentros con De Gaulle: siendo un atlantista, veía por ejemplo con malos ojos el distanciamiento del general respecto de Washington). Luego, Jean-François Revel, en libros como Comment les démocracies finissent, continuaría la línea de Aron, su mentor. Su crítica implacable a lo que veía como el desarme ideológico de Occidente frente al comunismo todavía reverbera. Fue notable su impacto en tiempos de la Guerra Fría e inmediatamente después. El Movimiento Libertad, en el Perú de 1990, tenía a Revel como una de sus brújulas ideológicas.

En América Latina, un caso de huella intelectual en la política fue un ensayo de Octavio Paz, que en cierta forma desovó la reacción democrática contra el PRI. Me refiero a un ensayo breve publicado en 1979 bajo el título El ogro filantrópico: historia y política 1971-1978. Este texto operó como revulsivo en gran parte de la clase dirigente mexicana. Era una crítica al PRI y al Estado, realizada no desde el liberalismo doctrinario, sino desde una posición a caballo entre la socialdemocracia y el liberalismo light. Paz dijo que el Estado se había revelado como “un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina”. Fue el grito de guerra contra el sistema que imperaba desde fines de la Revolución mexicana.

Otro latinoamericano que logró influencia política con sus textos, modificando la forma de entender el pasado y el presente en ciertas gentes de acción, fue el venezolano Carlos Rangel. Su libro Del buen salvaje al buen revolucionario redefinió, a partir de 1976, la relación entre América Latina y el mundo para un círculo pequeño pero estratégico de latinoamericanos, que ayudarían luego a una parte del continente a transitar de la trampa sicológica del victimismo a una mentalidad más desacomplejada y moderna. A Rangel y a Revel, anverso y reverso de un mismo fenómeno, dedicamos sus autores el Manual del perfecto idiota latinoamericano. Por desgracia, las mejores lecciones de Rangel las aprovecharon otros países latinoamericanos antes que el suyo propio. En Caracas, Hugo Chávez prefirió las enseñanzas de Norberto Ceresole, un peronista argentino admirador del fascismo, cuyo libro Caudillo, ejército, pueblo: la Venezuela del Comandante Chávez, publicado en 1999, año en que se inició el régimen populista, reunió las ideas centrales del chavismo. Ahora duerme en el olvido, pero en los primeros años fue el libro que todo chavista debía leer.

Este breve recuento es por fuerza insuficiente. Quedan fuera muchos libros que han introducido su virus en grandes centros de decisión política. No he mencionado, por ejemplo, Bound to Lead, el ensayo de Joseph Nye que hizo famosa la expresión soft power (“poder suave”), con que se define a una visión de política exterior estadounidense a partir de la idea de que la primera potencia debe influir en el mundo no desde la coacción, sino desde la atracción, mediante métodos pacíficos. Tampoco he mencionado The Conscience of a Conservative, el libro con el que Barry Goldwater disparó el movimiento conservador moderno en Estados Unidos a partir de 1960 y que acabó fructificando con la victoria de Reagan 20 años después (a pesar de que el propio Goldwater fue derrotado, en 1964, por Lyndon Johnson).

Todo esto se ve hoy con cierto desdén. Vivimos la era de la política sin libros, sin ideas, sin ilusiones. La política como rutina, gimnasia, mera práctica. Qué angustiosa nostalgia.

Tomado de eldiarioexterior.com

Búscanos en el Facebook

Artículos del autor